Publicado el 14/02/2018 - 07:00 Hs.

Cruzar los Andes a pie: el telón de fondo de una hazaña de 120 jóvenes de todo el mundo

El reloj marca las 4 de la mañana y el grupo se levanta para emprender el día con su primera actividad: mirar el cielo. Llevan el cansancio a cuestas por los cientos de kilómetros que ya recorrieron pero, pese a eso, el clima es de fiesta porque, a cada momento, el objetivo de cruzar los Andes a pie se vuelve más palpable.

Estos 120 jóvenes -de la Argentina, Chile, Brasil, Paraguay, México, España, Alemania y Portugal- pertenecen al movimiento católico de Schoenstatt y el 20 de enero se adentraron en la Cruzada de María. Esta es la séptima edición de una travesía que consiste en caminar 400 kilómetros y atravesar la Cordillera de los Andes, desde los santuarios de Mendoza hasta el de Bellavista (Santiago de Chile) en una aventura que dura 17 días y que a es una tradición: se hace desde 1999. El lunes pasado cumplieron la meta.

Marcos Lukac, un argentino de 24 años -que cruzó la cordillera por primera vez como parte de esta peregrinación- cuenta a LA NACION cómo era la rutina. Al despertarse, los caminantes miraban el cielo un rato, armaban las mochilas, desayunaban algo liviano y hacían una oración de la mañana en la que repasaban la vida de un santo a partir del cual se desprendían los objetivos que tendrían durante esa jornada.

Cerca de las 6 comenzaba la hazaña. Por día caminaban alrededor de 6 horas por lo que, en general, alcanzaban distancias de entre 26 y 34 kilómetros. "Llegábamos a destacamentos del ejército, gendarmería, campings o lugares a la intemperie como cuando nos quedamos abajo del puente de las Avispas o abajo del puente Picheuta".

El día que hicieron Picheuta-Punta de Vacas se encontraron con que, 20 minutos antes de llegar, no tenían donde dormir. En ese momento, el hombre que estaba a cargo de la logística dijo que tenía "fe de que la virgen les iba a dar un lugar". Al cabo de unos minutos, la directora de la escuela del pueblo les abrió las puertas para que pudieran dormir.

En general, llegaban a esos lugares -donde luego pasarían la noche- alrededor de las 14 y el almuerzo -que consistía de una papa, un huevo duro y un tomate, con fruta de postre- daba paso al tiempo libre. Algunos dormían la siesta, mientras otros optaban por compartir un momento con la comunidad de peregrinos hasta la misa de las 18. "La cena era bien abundante y caliente, algo como carne asada, polenta con tuco, pastas o guiso", cuenta Marcos.

"Durante la caminata, la primera hora era en silencio para reflexionar, rezar y para terminar de despertarse", cuenta el caminante argentino, entre risas. Las cinco horas restantes, mientras avanzaban -en general, por la banquina- aprovechaban para conocerse entre todos. Y en esos encuentros se jugaba gran parte de la magia de este desafío. "El grupo estaba cada vez más ruidoso, más unido, era un compartir cada día más abierto", cuenta Lukac para quien el punto de inflexión fue llegar a la imagen del Cristo Redentor que, al estar 3850 metros sobre el nivel del mar, se galardonó como el punto más alto del recurrido.

Desbordado de euforia y alegría, cuenta que llegar a ese lugar tan emocionante hizo que tengan "las fuerzas más altas". Y reflexiona: "Es uno de los lugares a los que más costó llegar. Fue algo muy fuerte y lindo. Era tener presente a amigos, familia, proyectos y las intenciones de cada uno. Estábamos todos concentrados en esas cosas y compartiéndolas en una misa abajo del Cristo Redentor". (La Nación)

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