Publicado el 01/12/2018 - 13:00 Hs.

La Ciudad de los Muertos que habitan los vivos en Egipto

Los abismos sociales y el hacinamiento en los principales barrios de El Cairo convierten el cementerio de la capital egipcia en un hogar para miles de familias sin cobijo

A vista de pájaro, encaramado a un minarete cercano, su geografía dibuja una gigantesca colmena en la que no existe la tregua. El silencio no es, en ningún caso, sepulcral en la Ciudad de los Muertos de El Cairo, un cementerio donde los vivos habitan sin reparos mausoleos y tumbas. A sus 65 años, Sabek ocupa el panteón en el que descansan desde hace seis décadas los cuerpos de un general del ejército y su esposa. "Mi padre vivió en este lugar desde 1945. Yo nací y crecí aquí. La vida en esta zona es buena y difícil al mismo tiempo", relata el hombre de rostro cansado en el patio de su vivienda mientras alterna los sorbos de té y las caladas de nicotina. 

Las lápidas presiden el jardín al que da el pequeño habitáculo que ha convertido en hogar, con una diminuta cocina y un rudimentario baño. "Vivo en una de las dos habitaciones que construyeron los dueños de la tumba para alojar por separado a las mujeres y los hombres que venían a visitar al difunto", explica quien se gana el sustento sumando, a duras penas, jornales como conductor, mecánico y cuidador de algunas sepulturas desperdigadas por el páramo.

El camposanto más concurrido de la megalópolis cairota, situado en los alrededores del barrio islámico que fascina a los turistas, es una sucesión de criptas donde miles de familias han hallado cobijo. Un paisaje árido y hostil a los pies de la montaña de Mokattam que se pobló de vivos a partir de la guerra árabe israelí de 1967. En sus calles desembarcaron entonces los desplazados de la zona del canal de Suez y las mudanzas no han cesado, alimentadas por los abismos sociales de una urbe de 20 millones de personas y el hacinamiento de sus principales barrios. 

"Muchas veces he pensado en marcharme y buscar otro techo pero no tengo dinero y mi trabajo depende de permanecer aquí", despotrica Sabek. Hace años, sin embargo, que envió a su esposa y siete hijos a un pueblo del delta del Nilo, lejos del laberinto de tumbas. "Prefiero que estén allí. Esta vida es dura", arguye. "El agua y la electricidad de mi casa son robadas. Conecté la luz a la de la tumba de un rico y lo mismo hice con el agua aprovechando unas tuberías que pasan cerca".

"El Arafa" -como se conoce en el dialecto cairota a esta necrópolis- es una ciudad cuya vida discurre en paralelo a la del resto de vecindarios. En sus recovecos se han instalado talleres mecánicos, negocios de orfebres, tiendas de ultramarinos, cafés o constructoras. Es también el hogar de los sepultureros que se reparten el negocio funerario. Mohamed Basiuni, de 70 años, es uno de los más curtidos en el oficio. "Hay unos cuarenta sepultureros en la zona. Cada uno tiene su territorio dentro del cementerio", comenta el anciano enfundado en galabiya (túnica tradicional) y arrellanado en el suelo de su tumba por la que merodean, atentos, sus cuatro nietos. 

"Tengo dos sepelios al mes. Por cada uno de ellos gano unas 200 libras (unos 9,8 euros)", indica mientras su cónyuge maldice su destino. Las letrinas del mausoleo en el que residen desde la década de 1960 no disponen de ducha, sustituida por una cubeta plantada junto a los tendederos, en el exterior de la precaria morada.

En el olvidado callejero del cementerio, sus inquilinos subsisten por puro milagro, a su libre albedrío. El área no dispone de clínicas ni escuelas. "No hay ningún colegio cerca y no tenemos dinero para enviarlos a los centros de las zonas cercanas", se disculpa Mohamed. Sus desvelos no han recibido hasta la fecha ninguna atención gubernamental. Hace ocho años un proyecto en estado embrionario amenazó con cambiar la faz del camposanto, trasladando parte de las tumbas al polvoriento extrarradio de El Cairo, proporcionando viviendas dignas a sus actuales vecinos y transfigurando el lugar en un pulmón verde en una ciudad asfixiada por la contaminación y el tráfico. La revolución que derrocó al octogenario Hosni Mubarak sepultó unos planes que resucitan puntualmente, coincidiendo con la época electoral.

Un hogar histórico

"Los candidatos de las elecciones parlamentarias vinieron y nos prometieron en los mítines que mejorarían nuestra vida. Nos ofrecieron 100 libras y un lote de azúcar y aceite por votarles y luego, tras las comicios, desaparecieron", denuncia Sabek, cansado del abandono pero orgulloso del ingente patrimonio que guarda el camposanto. Algunos de sus edificios, cuyas cúpulas despuntan por el horizonte del barrio, albergan la vida eterna de sultanes, príncipes y princesas de las dinastías fatimí (909-1171 d.C.) y mameluca (1250 - 1517 d.C.) o la extinta monarquía egipcia. Como el imponente mausoleo de la princesa Fathia, descendiente de un jedive -el título que recibía el virrey de Egipto-, que protege Mohamed Sadek y su familia. "Es mi casa pero también una parte importante de la historia de este país. Mi tarea es cuidarlo siempre", cuenta el treintañero. 

A pesar de su legado, quienes malviven en sus arterias arrastran a menudo el estigma de habitar un asentamiento marginal y degradado, asociado para el cairota corriente con la delincuencia, el crimen y el tráfico de drogas. "Cuando era niño, solía decirle a mis compañeros de escuela que era de otro barrio. No quería que supieran que vivía con los muertos", murmura el joven universitario.

Desde hace dos años un proyecto financiado por la Unión Europea trabaja para restaurar el complejo palaciego del sultán Al Ashraf Qaytbay, una joya de época mameluca del siglo XV enclavado en mitad de la necrópolis. Artistas del viejo continente ofrecen cursos y talleres durante sus breves estancias. Una de las primeras en participar fue la canaria Esther Aldaz con una reflexión sobre el espacio y los lugares intermedios a partir de tres palabras en árabe y español. "Era una mezcla de arte, instalación y sonido. Los niños participaron con alegría. En esta ciudad pocos pequeños tienen el lujo de irse a la cama tras disfrutar del arte", admite Agnieszka Dobrowolska, la arquitecta polaca que dirige el experimento. Una metamorfosis lenta para la inmensidad de un cementerio en el que Sabek se siente huérfano. "Los políticos cruzan a diario la carretera que atraviesa el cementerio pero jamás se detienen. Hemos reclamado que nos proporcionaran una vivienda o servicios pero nadie nos ha hecho caso. Vivimos al margen, como si no existiéramos, como si nosotros también estuviéramos muertos".

Fuente:elmundo.es

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