Publicado el 08/06/2018 - 06:01 Hs.

La felicidad, el enemigo interior y el rock

A lo largo de la historia, numerosos pensadores advirtieron que la felicidad y el dolor muchas veces son consecuencia de una persistente búsqueda personal

La máxima estoica de Epicteto “abstente y soporta” direccionaba a la búsqueda del equilibrio interior, en ese anhelo de una felicidad pensada sólo posible a través de la virtud, dominando las pasiones, en una práctica contemplativa que apuntaba a la imperturbable ataraxia, renunciando al placer y soportando el dolor. Con argumentos poco efectivos para nuestro tiempo el tetrafármakon era la postura epicúrea que buscaba curar los cuatro miedos fundamentales de todo ser humano: a la muerte, al dolor, al destino y a los dioses. Aristóteles entendía, contrario a muchos de los su época, que la felicidad no residía ni en las riquezas, ni en los honores ni tampoco en los placeres. Pues no eran fines en sí mismos, sino tan sólo medios. Consideraba que la felicidad residía en el prolongado ejercicio de aquella función más distintiva del ser humano: la razón, y su uso virtuoso. Pero la razón puede engañarnos. Y llevarnos por senderos pedregosos. Para Baruch Spinoza la alegría es la pasión por la que el alma se perfecciona. La tristeza la conduce a una perfección inferior. Estamos atravesados por estas pasiones tristes y alegres. Las primeras como desarrollo de la potencia del amor. Las tristes retrotraen dicha potencia, vinculándose con la melancolía, la depresión y la culpa paralizante. Si alguien imagina estar alegrando a otros, lo mismo le sucederá. Y también lo contrario. Inmanuel Kant, en “La Metafísica de las costumbres”, refiere al “enemigo interior”. Su ideal de vida moral no apuntaba a reprimir las inclinaciones humanas, sino a orientarlas. Pero no sucederá lo mismo con las pasiones, en permanente conflicto con la razón. Lo que demandará una constante vigilancia de nosotros mismos para acceder al autodominio, pero que nunca será posible de modo permanente.

 

En “La camisa del hombre feliz”, León Tolstói narra la historia de un zar que, gravemente enfermo, un trovador le anuncia que si encontrara un hombre feliz y vistiera su camisa, podría sanar. Mucho tiempo lo buscaron sin buenos resultados, y cuando finalmente hallaron uno, no vestía camisa alguna, por lo que el zar murió. Quizás nadie se encuentre plenamente satisfecho con su vida. Ni siquiera aquellos de quienes descontamos su felicidad. En “El príncipe feliz” Oscar Wilde cuenta la historia de la estatua dorada de un príncipe, en lo alto de una columna desde donde avizora la ciudad, y una golondrina que ve al príncipe llorando a causa de las injusticias en el mundo, las que desconoció en vida pues le hicieron creer que todo el mundo era feliz. Una ingenuidad peligrosa e imperdonable.
 

Sigmund Freud, en “Los que fracasan al triunfar”, advierte sobre quienes se sabotean al obtener un triunfo en aquello que se deseaba y buscaba intensamente, quizás porque aquel que accedía exitosamente a alguna meta experimentaba una sensación de culpa, vacío y decepción, como si lo conseguido fuese un crimen edípico que deberá ser castigado, somatizando y castigándose hasta perder lo logrado. Llegando, en algunos casos, a la depresión autodestructiva. Son aquellos que ganando, pierden. Incluso la vida.

 

En “El mito de Sísifo”, Albert Camus analiza al mismo como la metáfora del esfuerzo vano e incesante del ser humano, planteando que el único problema filosófico serio es el suicidio, como salida (o no) ante la percepción de nuestra insalvable insignificancia. Aunque apenas un efímero destello de felicidad puede salvarnos de la autoinmolación.

 

“La profecía autocumplida”, según Robert Merton, es una predicción que en sí misma es causa de su concreción. Sostiene de tal modo que no se reacciona ante las situaciones como son sino cómo son percibidas, y qué significados se les da, adecuando así la conducta, y provocando así consecuencias en el mundo real. Ello se emparenta con los “prejuicios cognitivos”: las conductas inconscientes que nos condicionan al analizar lo real.

 

John Dewey con el Funcionalismo entendió a la vida mental y la conducta como adaptación activa personal y no como una confrontación con un medio de la que no se pueden asegurar resultados. Complementariamente, la resiliencia es la capacidad del ser humano para sobreponerse con el mayor equilibrio emocional posible, e incluso salir fortalecido, ante situaciones adversas y sentimientos negativos que provocan, estrés incluido.

 

En “El arte de amargarse la vida”, Paul Watzlawick describe con sarcasmo que somos nosotros mismos los autores de nuestras propias desdichas, y conseguirlas requiere dedicación, pericia y cierto talento. Para ese fin propone: Añorar nuestro pasado como aquel paraíso perdido definitivamente. Autosugestionarnos, creando situaciones negativas. Evitar lo temido en pro de garantizar su permanencia. Ejercitar la “profecía autocumplida” buscando atraer justo aquello que se pretende evitar. Alimentar ideas negativas que crearán su propia realidad. Watzlawick proponía esto sabiendo que aplicando el mismo esfuerzo se puede conseguir exactamente lo contrario.

 

Ingmar Bergman, en “El séptimo sello”, con ironía, hace decir al caballero protagonista de la historia: “Duermo tranquilo porque mi peor enemigo vela por mí”. Se refería, claro, a uno mismo. Se atribuye al budismo la frase que señala que en la vida de las personas el dolor será inevitable, pero que el sufrimiento es una opción. Algo que puede elegirse. Como todas aquellas elecciones de fondo para cada vida.

 

No es posible acceder a la felicidad sin la esperanza de poder hallarla. Como sea, no existe fórmula infalible ni elixir para alcanzarla. En todo caso será una trabajosa tarea que hará que mientras se realiza se bordee una placidez espiritual, aunque efímera. Por el contrario, hacerse infeliz, o sentirse así, aún sin llegar al extremo de la anhedonia, parece un camino de fácil acceso y habitual recorrido, a la mano de cualquiera que se lo proponga.

 

La felicidad ha sido entendida de muchas maneras. No sólo por los filósofos, sino también por algunos rockers, que son casi lo mismo. Como existenciario filosófico nunca estuvo ausente en las reflexiones acerca de las cuestiones importantes de la vida. Esas que se requiere develar y profundizar. Al respecto, a los rockers no hay que tomarlos en sentido literal. A veces escriben en clave de ironía. Nunca con una conceptualización precisa. Siempre con modos oblicuos del pensar. Como en “Happy” (Rolling Stones), “Light my fire” (The Doors), “Happy together” (The Turtles), “Happyness rock” (Image Sounds). Y entre los nuestros, “Divididos por la felicidad” (Sumo), “Hablando a tu corazón” (Charly García), “Felicidad” (Vicentico), “Ser feliz” (Andrés Calamaro), “Shopping Disco Zen” (Redondos), “Felicidad” (Nagual) y “Animal feliz” (Memphis la Blusera). Ellos también, a su manera y desde sus canciones, la siguen buscando.

Escrito por: Ernesto Edwards

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