Embarriados - Capítulo 01

Don Contreras es ciego. Cuentan que fue por un tiro, no hace tanto, en la otra orilla. Llega al bar apoyado en el hombro de algún amigo. Reconoce la madera despareja de la barra, la banqueta junto a la ventana entreabierta, el humo, el rebenque colgando de un clavo, la rejilla, la radio. Con un cabeceo pide que le alcancen la guitarra. Los parroquianos, tácitos, se callan. Canta la Zamba del carbonero y cierra los ojos, como si buscara mirarse adentro.

  Toman. Toma.  

- Sirvalé a Contreras –dice alguien a quien el viejo distingue en la voz.
- Andás dulce, Guzmán.
- Aumentó, sí, pero en la ronda no se siente, vio.
- Si el bolichero sigue subiendo el vino vamos a tener que traer escalera –dice Contreras.
- Ya que me metió en la charla, acá tiene -dice el bolichero-, esto es suyo.
- No sé, algo medio entreverado. Lo encontré barriendo.
- Un poema –corrige Guzmán, mientras agarra el sifón de soda-. Don Contreras escribe. Y vos, qué vas a barrer.
- Hace mucho hablaban de un viejo ciego que había salido bueno escribiendo –dice el bolichero, y enjuaga la rejilla.

En la mesa del fondo juegan por el trago. El manojo de porotos se reparte prolijamente en la mesa: la partida está pareja. Se mojan los dedos, asoman los palos, los números. Una seña. Otra. Cuando alguien toca la guitarra, el truco se canta bajito. Con la falta envido se perdona el grito. Pareciera que no piensan en otra cosa, que la historia de la humanidad son esos cuatro cuerpos mintiéndose. Sin embargo el de boina marrón dice algo acerca de Borges que nadie entiende. Aprovecha ese soplo de tiempo para dejar caer los párpados y desentramar su mala mano.

- Alguien que me acompañe.
- ¿Ya se va, Contreras? –se asombra Guzmán, corriendo la mirada de los pobres naipes del de boina-. Tomesé otro.
- Cuidá el mango, que no está para andar tirando.
- Servile, vos.
- No, Guzmán, gracias. En casa tengo uno abierto de ayer.
- Dejemé que lo acompañe.

  Don Contreras lo mira sin ver. Aparta la banqueta, le busca el hombro. Tantea la barra y deja el vaso sobre el papel.

- Bolichero, anote el de hoy, que mañana vemos –dice.

Y antes de salir le da la espalda al mundo, tan amplio como cada tardecita.

Escrito por: Román Solsona

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