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Agosto, el teatro, la vida y el rock

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Por Ernesto Edwards Filósofo y periodista @FILOROCKER

Comienza agosto y según de qué lado del Ecuador nos encontremos, las sensaciones serán distintas. No es lo mismo atravesar este mes en Buenos Aires o Mardel, que tienen su encanto pese al frío, que en Madrid o New York City, con sus tórridos calores. Es la básica diferencia entre el invierno y el verano. En cualquiera de los casos, cuando el mundo todavía era normal, las temporadas teatrales en el Broadway neoyorkino o la Gran Vía madrileña siempre estaban a pleno. Lo propio sucedía en la porteña calle Corrientes o en el receso invernal marplatense. Hoy todo está por verse en cuanto a la recuperación, pero lo que quedó claro en este casi año y medio de pandemia es que el streaming nunca reemplazará la experiencia presencial de aquel que se instala en una platea a ver la obra teatral de su elección. Menos aún para aquellos que hemos atravesado océanos para ver alguna que otra impactante función de teatro inmersivo o tan sólo para verlo actuar a Al Pacino. La experiencia a través de una pantallita sería altamente insatisfactoria. Hay que estar, interactuar, participar activamente, jugar roles, enredarse con los actores, actuar alguna escena. O tan sólo sentarse, prestar atención y emocionarse.

El teatro existe desde el Antiguo Egipto, se perfecciona en la Grecia Clásica, llega luego al Imperio Romano, y continuará su marcha atravesando todas las épocas de la Humanidad. Y nada parece indicar que se vaya a extinguir mientras existan dramaturgos y actores, que juntos a ávidos espectadores, estén necesitando contar una historia para, fundamentalmente, hacer catarsis y aprender. Que de eso se trata, fundamentalmente, más allá de la muy humana necesidad de entretenernos.

Cada uno asocia palabras con lugares, momentos y relatos que por algún motivo le resultaron significativos. Para el autor de estar nota “agosto” lo remonta a otro “Agosto”. Algunos poseemos nuestro propio ranking de actores argentinos. Reconozcamos que aún haciendo el mayor ejercicio de voluntad, como crítico de objetos culturales difícilmente accedamos a la objetividad absoluta, porque siempre se juega el posicionamiento desde dónde uno pone la mirada. De todos modos, en ese ranking imaginario propio, la actriz argentina más destacada, por diferentes motivos, sea en cine o en teatro, se llama Norma Aleandro. Será por ello que esa noche en Buenos Aires elegí ver a Norma otra vez. Y el recuerdo de su actuación en el marco de una trama, permaneció indeleble. Y ya han pasado doce años, desde aquella ocasión en 2009.

“La vida es demasiado larga”, había escrito con un tono de desencanto y hastío un joven Thomas Elliot, que a los treinta todavía no sabía que viviría más allá de los setenta. Esta cita dio inicio al monólogo de apertura que jugó Juan Manuel Tenuta en “Agosto”, la extensa obra que durara más de tres horas y que se presentaba, a sala llena (cuánto extrañamos decir eso), en el Lola Membrives. La obra fue ganadora de cinco premios Tony, tuvo una adaptación bien a la argentina del texto original de Tracy Letts -que a su vez fuera acreedora del Pulitzer-, y que por esos días también causaba sensación en Broadway y en el West End de Londres. El elenco argentino contaba, además, con Mercedes Morán, Lucrecia Capello, Andrea Pietra y Julieta Zylberberg. Pero la protagonista absoluta era Norma Aleandro, para una historia que transcurría en un pueblito estadounidense, pero que bien podría suceder acá a la vuelta.

La escenografía recordaba a lo ya visto en algunos teatros europeos, con una puesta impecable, una dirección de Claudio Tolcachir que exhibía alta precisión a la hora de ensamblar los diferentes momentos y espacios -dándole una continuidad que no decaía nunca-, y la acertada adaptación por cuenta de la Morán. La historia desgranaría en apenas una semana de línea temporal, entre humor negro y mucha ironía, los engaños, mentiras, falsedades y, fundamentalmente, la gran hipocresía de una familia que logró sostenerse a partir del ocultamiento de un inconfesable secreto. Una madre mayor y muy enferma, compuesta por la Aleandro, mostrándose por momentos como una desquiciada que ha perdido su lucidez por la excesiva medicación, y en otros como la pérfida y retorcida araña manipuladora de sus tres hijas (la mayor, divorciándose y con una hija que se le va de las manos, la del medio, haciéndose cargo de los padres, y la menor, a quien no le importa nada de nada con tal de irse a Cancún con algún hombre), en ese instante borde entre la crueldad y el dolor, será en torno a quien gire el relato que tendrá como núcleo la desaparición de su esposo, y la confluencia de los parientes más cercanos a la espera de noticias sobre su paradero, que se irán reuniendo en los diferentes rincones de la casa -que es casi una protagonista más-, hasta que no pasará demasiado para saber que el hombre se ha suicidado sin dejar pistas sobre sus motivos. Sólo sabremos que agosto era su mes preferido, antes de enterarnos de lo que parecía ser, para la familia, un secreto a voces.

Inolvidable la escena final de Norma Aleandro como la anciana protagonista arrastrándose por los escalones buscando subir a su habitación para vivir la soledad que le espera, contando con el consuelo del único personaje sincero y transparente de “Agosto”, que no será otra que su sirvienta india. Por último, una reflexión de entonces mientras se observaban los efectos que disparaba la obra en el público. Se sabía de lo movilizador que había sido a nivel internacional, en otras plazas teatrales del mundo. Por estos lados sucedía lo mismo, pero expresado de manera diversa, como si de la tragedia griega que pretendía ser se hubiera convertido casi en una comedia italiana. La conclusión fue que siempre hará falta la expresión teatral, y su promoción, a la hora de hacer crecer cultural y emocionalmente a la gente.

La función fue vista en primera fila al medio. Cada vez que aparecía Norma Aleandro en escena era un momento de gran magnetismo. Verle cada gesto, escucharle cada inflexión… Un momento muy fuerte, magistral e impactante, fue observarla en el instante en que todos sus parientes se enteraban por el comisario de la aparición sin vida del marido, y ella… bailando al compás de los viejos vinilos de Eric Clapton. Como si la conciencia de la tragedia se fuera enlazando con cierto dramatismo que a veces tiene el rock. Aún espera, en un perdido anaquel entre numerosos BluRays, la versión cinematográfica estelarizada por la gran Meryl Streep. Aunque tal vez no se la mire nunca, no sea cosa que algo pudiera empañar el recuerdo de la Aleandro.

También puede asociarse agosto con el rock y eso que cantaba Enrique Bunbury en sus tiempos de Héroes del Silencio: “Tarde o temprano me perderé en cadenas. Una vez en la vida debo encontrar dentro de mí una noche de agosto. Mi alma perdida que arrojé al mar”. Para Bumbury era verano. Y para Charly García, en pleno invierno, escribía “Cómo mata el viento norte, cuando agosto está en el día, y el espacio nuestros cuerpos ilumina…” Lo propio Luca Prodan cantándole al “Final de agosto”, y clamando por ¡Agosto! en “Divididos Por La Felicidad”.

Somos tiempo, somos recuerdos, somos experiencias, somos el registro de nuestro paso por la vida. Somos nuestra historia. Es lo único seguro que tenemos. Y en esa contradicción y ambivalencia entre la fantasía de inmortalidad y prepararnos para el definitivo olvido, vamos transitando la existencia. Componiendo nuestro propio guión y reactualizando permanentemente un argumento tan cambiante como el movimiento incesante del universo. Sabiendo, como anticipaba Fito Páez, que el teatro, la vida, “No es más que un anhelo de dos. La gente, el actor. Las ganas de verse ahí”. Y que debemos actuar, para vivir.

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