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El nacimiento del planeta Disney

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En julio de 1925, Walter Elías Disney se casó con Lillian Bounds, una joven empleada de su estudio. Aunque durante muchos años se resistió a cambiar de local, su esposa lo convenció de mudarse y la empresa pasó a llamarse “Walt Disney Studio”. Poco tiempo después, sin embargo, sufrió un revés inesperado cuando su principal cliente se quedó con los derechos de un personaje creado por ellos, el conejo Oswald.

Ese fatídico episodio obligó a Disney a prescindir de intermediarios entre él y sus creaciones. Sus biógrafos afirman que durante un viaje a Nueva York concibió a su personaje estrella, al que en un principio bautizó Mortimer y finalmente, por sugerencia de su esposa, acabaría llamando Mickey.

En 1932, el guionista estrenó las “Sinfonías Tontas”, una serie de cortometrajes donde aparecieron por primera vez el Pato Donald, Pluto y Tribilín. Un año más tarde, en la misma serie de cortos, aparecerían Los Tres Cerditos. El éxito arrollador de ese mundo de fantasía laboriosamente creado es inescindible del clima de asfixiante incertidumbre originado por la Gran Depresión en Estados Unidos.

No faltó quien viera en las películas de Disney una forma de propaganda ideológica encubierta. De hecho, Disney siempre buscaba que el “mensaje” fuera lo más explícito posible. Ya en los años 40, era consciente de que sus películas proponían un modelo de decencia. En su segundo largometraje de animación, Pinocho (1940), aparece uno de los rasgos más inteligentes que marcarán su estilo: la autoironía. Disney subraya el didactismo de los cuentos infantiles hasta el punto de acercarse a la impostación. De ese modo, libera parcialmente al filme de la carga moralista y reaccionaria que pesa sobre el relato original de Carlo Collodi. El dilema moral de Pinocho es tan simple como anacrónico: ir a la escuela o jugar. En la “isla de los juegos” será tentado con el tabaco, la bebida y el billar, los tres vicios capitales que cultivan “los que dicen que solo se vive una vez”. La lección será que el que no va a la escuela se convierte en burro (un animal de carga).

En 1972, Ariel Dorfman y Armand Mattelart publicaron Para leer al Pato Donald. Comunicación de masas y colonialismo. Cuando este libro apareció en Chile, hacía poco más de un año que la Unidad Popular había asumido el gobierno. El caso chileno tuvo la singularidad de anunciarse como proceso socialista en los marcos de un orden de raíces estrictamente burguesas. En ese contexto, la aparición de un estudio sobre el Pato Donald y la línea de personajes producidos por Disney vino a perturbar un reino imaginario postulado como indiscutible; algo así como querer analizar críticamente la belleza de un atardecer. Y he aquí un hecho paradojal: la indignada reacción de la derecha contra esa investigación hundió sus raíces en que las publicaciones de la línea Disney eran universalmente aceptadas como entretenimiento y, por lo tanto, debían ser protegidas de toda objeción ideológica. En cambio, Para leer al Pato Donald encuadraba políticamente a los personajes de Disney como la representación edulcorada de la explotación capitalista. “Lo imaginario infantil le sirve a Disney –dicen los autores– para cercenar toda referencia a la realidad concreta. Los productos históricos pueblan y llenan el mundo de Disney, se venden y se compran ahí adentro incesantemente”.

Los personajes de Disney dieron nombre a una época. El sermón parroquial se resuelve de la misma manera en todas las historias: encaminar a sus protagonistas hacia el bien. En Dumbo (1941), subraya la dimensión del éxito del elefante volador mostrando su proeza en la primera plana de los diarios. Entre ellos aparece un titular que dice: “Dumbo firmó contrato con Disney”. El guionista nunca dejó de hacer guiños cómplices a los padres que acompañaban a sus hijos al cine ni a los críticos que solo alababan su prolija técnica, aunque seguía pensando que a esos futuros adultos que son los niños siempre hay que enseñarles “lo correcto”. (https://diariohoy.net/)

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