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La vejez y el rock, parte 2

Tenés que leer..
Por Ernesto Edwards /Filósofo y periodista @FILOROCKER

La vejez es el período del balance personal en cada existencia. Lo hace la Filosofía y también el rock
 
Ya sabíamos que Martin Heidegger, en “Ser y tiempo”, afirmaba que la medida del cambio, del devenir, es una interpretación del ser del hombre precisamente en la dirección de la temporalidad, descubriéndose el tiempo como horizonte trascendental de la pregunta por el ser. Esta temporalidad se revela fundamentalmente frente la muerte y la preocupación, ante cuya conciencia se nos manifiesta más nítidamente nuestra finitud, fragilidad, precariedad, limitación existencial; fronteras de cualquier proyecto de ser. Y en ese horizonte borgeano, que le da sentido a la vida, nos debatimos frente a la única gran certeza: en algún momento moriremos, y mientras más edad tengamos, más cerca estaremos. 
 
Quizás por una intención piadosa siempre se ha buscado calificar a la ancianidad como esa plácida etapa de la vida en la que cada uno disfrutará de todo lo conseguido, acompañado por familiares y amigos, mostrando con su sabiduría y experiencia el camino que acercará a los otros a compartir su felicidad. Gerusías y sabios tribales gozaban, históricamente, de generalizada veneración. Pero no es lo que realmente piensan algunos de los consagrados. El Indio Solari, aquejado por el Parkinson, y con más de 70 años, decía “Odio la decrepitud. Son esos 30 años que la ciencia nos ha dado después de los 50. El ser humano tiene esos 30 años a costa de una cosa espantosa que para mí es la decrepitud”. Aunque algunos se anestesien con la indiferencia, como Charles Bukowski: “Me estaba muriendo y a nadie le importaba. Ni siquiera a mí”.
 
A mitad de los ´60 Pete Townshend, desde The Who, afirmaba “Mejor morir jóvenes antes que llegar a viejos”. Y se popularizaba eso que decía “El rock es aquella música que no escuchan tus padres”. Estaba claro: no veían a la senectud como un valor. Despreciaban ese momento de la inevitable decadencia. Joaquín Sabina, con extrema lucidez, desmiente la visión romántica de la ancianidad cuando declara, ya aquejado por varios males y luego de atravesar un ACV, “Envejecer es una puta mierda”. En “Viudita de Clicquot” el de Úbeda se cuestiona: “Con 60 qué importa la talla de mi Calvin Klein”. También anticipaba su preocupación en “A mis Cuarenta y Diez”, mientras aventuraba que era momento de resignarse a dictar testamento. 
 
Lo que también está claro es que en la Grecia Clásica Aristóteles abordaba el tema cuestionando las diversas concepciones acerca de la Felicidad, que la ubicaban anclada o en los placeres sensuales, o en los honores o en la acumulación de posesiones materiales. El Estagirita creía, no sin razón, que la felicidad reside en aquello que podremos realizar durante más tiempo a lo largo de toda una vida. Es decir, en la actividad intelectual, que generalmente no requiere grandes esfuerzos físicos. Y que para este filósofo, claro, lo acercaba a la máxima virtud.
 
 
En el específico plano del rock, con “El Viejo” Pappo preveía un tiempo que no llegó a ver: “¿Qué nos ocurre después de tanto tiempo? Reflexionamos al vernos al espejo. ¿Qué es lo que pasa? Me estoy viniendo viejo. No sé de qué pensar, si ya no sé qué es lo que pienso. Yo soy un hombre bueno. Lo que pasa es que me estoy viniendo viejo…” 
 
Con “Mi Viejo” Piero se veía reflejado en lo que se iría convirtiendo su padre: “Viejo, mi querido viejo. Ahora ya caminas lento, como perdonando el viento”. Con la muy filosófica “El Oso” Moris le hacía decir a su protagonista: “Estoy viejo, pero las tardes son mías”, describiendo ese momento en el que perdimos las obligaciones y recuperamos libertades. 
 
Con “El Blues de la Tercera Edad” el ibérico Miguel Ríos nos relata: “Ana se asoma a la ventana con una taza de café. Es su rutina cotidiana. Le gusta ver amanecer. Lleva una vida algo espartana…” Y los de La Vela Puerca en “El Viejo”, se interrogan: “Viejo divino, ¿adónde vas? Yo sé muy bien que no querés mirar atrás. Final amargo sólo queda hoy”. 
 
También Adrián Otero, en “La Última Lágrima”, desde Memphis La Blusera reconoce: “Lo que no fue, ya nunca será. Cierra tus heridas, deja de llorar…”  Desde Cuba Pablo Milanés con “Años” (también versionada por Luca Prodan y Andrés Calamaro) nos lo recuerda: “El tiempo pasa. Nos vamos poniendo viejos…” 
 
Charly García con “Canción para mi muerte”, en tiempos de Sui Generis profetizaba: “Es larga la carretera cuando uno mira atrás. Vas cruzando las fronteras sin darte cuenta, quizás. Tómate del pasamanos, porque antes de llegar se aferraron mil ancianos, pero se fueron igual”. Y como solista se anticipaba a lo que vendría: “Lo que fue hermoso será horrible después”. La consagrada “Crímenes Perfectos”, de Andrés Calamaro lo describía: “Todo lo que termina, termina mal, poco a poco. Y si no termina, se contamina mal. Y eso se cubre de polvo…” 
 
No nos olvidemos de “When I´m Sixty Four” (The Beatles), una canción sentimental y festiva compuesta en una época, a finales de los ´60, en la que dicha edad era apropiada para pensar en retirarse y disfrutar de los nietos, según creía Paul McCartney y casi todo el mundo. 
 
Hace un tiempo contamos que con el estreno de “Antes del final”, (“The Bucket List”, EEUU, 2008), con Morgan Freeman (Carter Chambers) y Jack Nicholson (Edward Cole) en los roles protagónicos, nos enteramos de que el profesor de Filosofía de Carter en sus años más jóvenes le indicó como tarea elaborar una lista de deseos, o, mejor, de asuntos pendientes en la vida. De todo aquello que no querría perderse de hacer y experimentar antes de morir. Esa lista elaborada décadas atrás, con el despliegue de su existencia y el consecuente paso del tiempo, lo siguió acompañando, viendo cómo generalmente aquellos sueños no encontraban la mejor oportunidad para cristalizarse, y se iban modificando y readaptando, hasta casi no sólo cambiarse por completo respecto de la original, sino hasta casi extinguirse. Aunque aún conservara el añoso papel del primer “bucket list”. Esas listas no difieren demasiado de las metas, proyectos y objetivos que nosotros mismos nos vamos fijando para cada temporada, generalmente tratando de que sean lo más realistas posibles y a la espera de concretarlos. Pero no siempre resulta. Y estaremos ante la necesidad de volver a repensar todo, con la esperanza de que el año por venir nos resulte más favorable. Todo ello, sin perjuicio de recorrer mentalmente el año que ya está finalizando, y detenernos en éxitos, aproximaciones y fracasos. Algunos focalizarán en cuestiones emotivas y sentimentales, y otros en aspectos más materialistas y pragmáticos. O en un armónico equilibrio entre ambos. Y, una vez más, descubrir que nuestro listado en cuanto a cumplimientos quedó incompleto. Lo que debe adicionarse a este análisis fílmico es que a mayor cantidad de años vividos menor será el tiempo que nos quede para concretar nuestros deseos. Y menor, también, la calidad del goce o del disfrute.
 
El futuro próximo en el que pensemos, para los más viejos, puede parecer un tanto desalentador. O no despertarnos nunca de una siesta, o arrastrarnos detrás de un andador por los pasillos de un geriátrico, o ponernos a investigar cuáles son aquellos países europeos en los que la eutanasia sea legal. Y todo será la diferencia entre ser negadores y optimistas, o realistas desbordados por el pesimismo. El armónico equilibrio parece muy difícil de acceder. Porque, como acertadamente escribía Ricardo Soulé, “Todo concluye al fin, nada puede escapar. Todo tiene un final, todo termina. Tengo que comprender: no es eterna la vida”. Y bien que lo sabemos.
 
  
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