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La vejez y el rock. Conclusiones

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Por Ernesto Edwards /Filósofo y periodista @FILOROCKER

Cierre momentáneo y parcial a una cuestión existencialista inagotable, que seguirá inquietando también al rock

Hay un momento, una edad, en que nuestros planes y proyectos ya no pueden ser a largo plazo. No sería razonable. No sería realista. A lo sumo, si los años que tenemos son los que usualmente coinciden con el retiro laboral, en el horizonte sólo visualizaremos no mucho más de una década. De cualquier modo, pensar más allá de ese lapso sería un salto sin red en el vacío. Una temeraria cuestión de fe. Un exceso de confianza. Un derroche de esperanza.

También es cierto que hablamos del período en que puede estar pasando el último tren en nuestras vidas, y que no tomarlo podría significar desperdiciar la postrera oportunidad para hacer aquello que aún nos quede pendiente. Además de que, necesariamente, la estación a la que nos lleve no puede quedar a demasiados kilómetros de distancia. Porque se haría tarde. Porque quizás no llegaríamos a verla nunca.

Desde hace por lo menos un siglo la vejez es adornada con dudosos atributos como, por ejemplo, el cuestionable atractivo de que al llegar a viejo se accede a la experiencia y la sabiduría. Grave error. No por nada el popular Oscar “Ringo” Bonavena, un boxeador argentino sin formación académica pero extremadamente lúcido, advertía que “la experiencia es un peine que te entrega la vida cuando ya te quedaste pelado”. Cacho Castaña, un autor de la misma procedencia popular, se sorprenderá -lamentándose- con eso de “Que ya está, que esto fue todo”. Empeorado, en su caso, cuando en “Cacho de Buenos Aires” reconoce que sus males son consecuencia de “esa puta costumbre”. Es decir que los excesos debilitan, deterioran o acortan el ciclo vital, dejándonos muy cerca de la definitiva puerta, aquella que sabemos que cuando se cierra lo hace para siempre. Abandonados con nuestra herida existencial. Con la fragilidad, la precariedad del ser. La imprevisibilidad de la duración que le tocará a cada uno. Porque la muerte que se aproxima será el último e intransferible misterio a develar, que también es la primera, gran y única certeza. 

Respecto de la muerte cada posicionamiento se basa en una concepción filosófica. Será por ello que el reconocido psicoanalista Irvin Yalom, en “Mirar al sol”, despliega y comparte toda su experiencia para tratar de perderle el miedo. Algunos más audaces propondrán hacerse amigos de ella. Mario Benedetti, desde la poesía, decía que «Después de todo la muerte es sólo un síntoma de que hubo vida». 

Carlos Castaneda proponía aprender a borrar la historia personal, a dejar de darnos importancia, a perder el apego por lo terrenal, como herramientas para facilitar nuestra partida. El Indio Solari confiesa su dificultad: “Voy aprendiendo a desaparecer (pero empiezo con mal pie)”. Porque, como él mismo señalara muchos años antes: “Esto es efímero, ahora efímero. Cómo corre el tiempo…”

La Sakura es el árbol de cerezos cuando florece en Japón, al inicio mismo de la primavera, cuando su flor entre blanca y apenas rosada recubre sus verdosidades. Ese proceso que conlleva una expresión de efímera belleza simboliza, precisamente, la finitud. Aquella que no debe ser olvidada ni aún en los años de más reluciente juventud, que nos llena de cierta soberbia, cuando la lejanía del final no facilita pensar en la temporalidad, que dará paso al cierre de todo. Clint Eastwood, el talentoso realizador cinematográfico, ya a sus 90, en la reciente “Cry Macho” le hace decir a su protagonista (encarnado por él mismo): “Es que no sé cómo se cura la vejez”. Nadie lo sabe, Clint.

Llega el momento, entonces, de pensar en el legado y la fantasía de la inmortalidad. Algunos lo asocian con una obra personal, de corte artístico o intelectual. Otros con el acervo de carácter patrimonial que dejarán a disposición de sus herederos. Y otros lo pensarán en aquellas vivencias experimentadas en familia, en las cuales se trasmitieron valores y enseñanzas para la vida. Aunque suene pesimista y escéptico, como sea, pensado el legado como obra o descendencia, sobrevuela sin ocultarse la fantasía propia de inmortalidad, que es sólo eso, fantasía. Y que de ser recordados, ya no nos enteraremos. 

En “Mientras me voy poniendo viejo” Litto Nebbia cuenta, con amoroso acierto: “…Veo cómo crece mi hija. Esta es una de las tantas cosas buenas que tiene venirse viejo. Y cómo contarles el placer de saber por qué uno vive. Mientras me voy poniendo viejo veo algunos que llegan, y otros que fracasan. Quizás la única mala sea cuando alguien cree que uno ya está medio viejo…” 

En “Old man” Neil Young dice “Mira cómo pasa el tiempo. Estoy completamente solo, al fin”.  Con “The Old Man Down the Road” el exCredence John Fogerty narra: “El viejo está en el camino. Tiene las voces hablando de acertijos. Tiene el ojo tan negro como el carbón. Tiene una valija cubierta con piel de serpiente de cascabel. Y se para justo en el camino. Tienes que esconderte. Tienes que saltar y huir”. Jim Morrison en “Roadhouse Blues” afirmaba que “El futuro es incierto pero el final siempre está cerca”. Tan bien que lo sabía que el suyo sobrevino a los 27 años, y no llegó a viejo.


Sí, el tiempo pasó demasiado rápido, y es posible que nuestra lista de asuntos pendientes siga sin completarse, y que estemos pensando en aquello que nos quedó como evidencia de un aparente fracaso. Y en si tendremos nuevas ocasiones para intentar lograrlo. Mientras tanto, el magnífico himno “Dream on”, el de Aerosmith, vuelve a recordarnos, con incomparable filosofía existencialista, que “Cada vez que me miro en el espejo, todas esas líneas en mi cara haciéndose más claras. El pasado se ha ido. Pasó como el amanecer a la noche”. Así de fugaz es todo. Por eso la elegida metáfora de Ricardo Soulé, cuando con bíblica claridad profetiza “Que todo tiene un tiempo bajo el sol”. 


Escribía Alejandro Lerner que “Pasa la vida y el tiempo no se queda quieto. Llega el silencio y el frío con la soledad”. Él recomendaba “Volver a empezar”. Claro que no siempre se puede, aunque querramos. Del modo que sea, se trata de desentrañar cuál es el sentido de la existencia, sabiendo que la muerte acecha. Y de saber que cada día, a la par de ir viviendo también nos vamos muriendo un poco. Pero, atención: puede que no queden muchos mañanas, pero tal vez conservemos algunos todavías.

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