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Los colores del rock

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Por Ernesto Edwards / Filósofo y periodista @FILOROCKER

Los colores no son sólo un adjetivo para el rock. Son símbolos que anticipan mensajes

Ya desde la lejana época en que a Luis Alberto Spinetta, liderando la mítica banda Almendra, se le ocurrió imaginar, y escribir, “Cuando todo duerma, te robaré un color”, actuando en el momento del sueño, en la polisémica “Muchacha Ojos de Papel”, podíamos darnos cuenta de que esa metáfora sugería mecanismos que no eran fáciles de decodificar, quizás porque el incipiente rock argentino todavía sorprendía con su impronta rebelde, pero también inspirado en toques de una aún desconocida onírica psicodelia, la que parecía movilizar inevitablemente nuestro inconsciente. Muy poco después, Luis Alberto retoma esa imagen, en “Para Ir”, afirmando “Quiero que sepan hoy qué color es el que robé mientras dormías”. A esta altura no parece azarozo que Spinetta, además de ir transformándose en ese incipiente filósofo místico del rock que conocimos, también demostraba su habilidad y talento como pintor. Como ese intérprete que a la par de privarte de algo, al mismo tiempo al robarte un color te libera de una carga que padecías pero que aún desconocías. Y en su evolutivo camino de pensador, en el álbum “Artaud”, donde parecía ocultarse bajo el sello de Pescado Rabioso, incluye la extensa “Cantata de puentes amarillos”, para narrar su peculiar historia de amor: “No, nunca la abandones. No, puentes amarillos. Mira el pájaro. Se muere en su jaula. No, nunca la abandones, puentes amarillos… Hoy te amo ya. Y ya es mañana”.

Pero, ¿por qué un color? ¿Qué tiene de importancia un color? ¿Por qué robárselo a una mujer? Sólo podríamos hipotetizar algunas respuestas. No menos revelador en cuanto a los colores en el rock sería que una de las bandas que se formaría como desprendimiento tras la disolución de Almendra, en 1971, fuera Color Humano, con el liderazgo de Edelmiro Molinari. “Color Humano” ya había sido una canción del anterior grupo. Esa que en tono críptico advertía (y denunciaba): “Vemos todos los colores sin saber lo que es hoy un color”. 

Convengamos en que lo cromático, en la literatura en general, puede ser un símbolo de tolerancia pero también de discriminación y descalificaciones. Los colores pueden señalar emociones, metáforas, matices, alertas, alarmas. También es cierto que este artículo apunta más allá de lo que aprendimos como colores primarios y secundarios y de la Teoría del Color, aquella que enumera las reglas para que ciertas mezclas y combinaciones produzcan el efecto deseado, toda vez que el color no sería otra cosa que la percepción subjetiva de cuerpos iluminados por ondas electromagnéticas que las reflejan. Asimismo, la resonancia de lo claro y de lo oscuro tradicionalmente ocultaba valoraciones moralistas, que hoy día hasta podrían confundirse con intenciones discriminatorias. Pero, seamos justos, cualquier paleta de colores siempre es sugestiva e invita a fantasear.

Sobre colores y tonalidades, hagamos un recorrido por algunas canciones conocidas, en el marco del rock. “Mujer de Carbón”, del pionero Litto Nebbia, ya a fines de la década del ´60 a través de Los Gatos, sonaba a pura antidiscriminación: “Mujer de carbón, si me quedo en tu piel, un día tal vez los hijos nacerán. No importa su color, si puedo ser feliz. Entrégame tu voz y así libre seré”.

Con “No me dejan salir”, en el emblemático disco “Clics Modernos”, Charly García llega al paroxismo cuando exclama “¡Estoy verde! ¡No me dejan salir!”, aludiendo a la represión, las desapariciones, el vacío del desamor y la necesidad de consumir. Canción que también recobró actualidad y pudo resignificarse a la luz del forzado encierro al que nos obligaron, justificándolo por la pandemia. Y sí, muchos se pusieron verdes de la bronca. 

Con “Amor amarillo”, de su disco homónimo (1993) ya como solista Gustavo Cerati y su exquisito relato: “Adentro tuyo caigo del sol. Adentro tuyo es único. Es único. Cuerpos de luz corriendo en pleno cielo. Cristales de amor amarillo”. Sol. Luz. Amarillo. Junto a Daniel Melero graba “Colores Santos”, para decir 

“Viajando en la luz te quiero abrazar. Un beso perfecto envuelto en los sueños de inútiles noches. Confusos recuerdos, colores santos”.

Con “Gris”, en clave de pausado tango, Los Piojos, recitan: “Gris, el cielo de tus ojos. Gris, del cielo dos despojos. Luz que enciende mi desvelo en las noches sin consuelo. Tu boca tras un velo en esta noche. Gris…” Por si faltaban climas y ambientaciones, ellos mismos también tienen un disco que por título lleva “Azul”, en el que (y no es casual), cantan “Go, Negro, Go”, hablando de trayectos entre Palermo y Brasil, entre Neuquén y Copenhague.

“De negro y rojo” y un extenso poema para que los uruguayos de La Vela Puerca concluyan, en su álbum “Destilar” (2018), con una policromía de fríos y de estíos: “Como las flores en el invierno voy a vestirme de negro. Y si es con sangre este despojo voy a teñirlo de rojo, desangrándome”.

Ya en el orden internacional, reconocidos rockers aportaron lo propio. “Brown Sugar”, con el sello de los Rolling Stones, en clave de los “chicos malos” que como personaje encarnaban por aquellos días, habla de aquello que suponemos: de la calidad del corte de la heroína, y no de una curiosa “Azúcar marrón”. 

No podemos soslayar a “Goodbye, Blue Sky”, cuando Pink Floyd edita “The Wall” y Roger Waters vertebra un disco conceptual que condensa el horror de la guerra y las obsesiones y adicciones de un adulto que cuando niño sufrió  irreparables pérdidas y simbólicas asfixias. “Las llamas se fueron hace tiempo, pero el dolor persiste. Adiós, cielo azul”.

“Green River”, de Credence Clearwater Revival y su “Rock del Pantano”, para pedir, para exigir: “Llévenme de regreso donde fluye el agua fría. Déjenme recordar las cosas que amo, parando en el tronco donde muerden los bagres. Caminando por la carretera del río en la noche. Chicas descalzas bailando bajo la luz de la luna. …Y si te pierdes, vuelve a casa en Green River”.

Por Aerosmith “Rosa es el color de la pasión” canta Steven Tyler en “Pink”, y en “Crazy” confiesa “Me siento como el color (azul) de la tristeza”. Tendrían su canción coloreada “Back in Black” (AC/DC), “Red red Wine” (UB40), “Purple Rain” (Prince) y esa bandera de rendición que en “White Flag” hiciera flamear Dido.

Jorge Luis Borges, con arte extremo y maestría singular, describía su ceguera: “Hasta la hora del ocaso amarillo cuántas veces habré mirado al poderoso tigre de Bengala ir y venir por el predestinado camino detrás de los barrotes de hierro, sin sospechar que eran su cárcel. Después vendrían otros tigres, el tigre de fuego de Blake; después vendrían otros oros, el metal amoroso que era Zeus, el anillo que cada nueve noches engendra nueve anillos y éstos, nueve, y no hay un fin. Con los años fueron dejándome los otros hermosos colores y ahora sólo me quedan la vaga luz, la inextricable sombra y el oro del principio…” Sí, el mismo color amarillo que también inspiraran, quizás en otra clave, a The Beatles con “Yellow Submarine”, a Gorillaz con “Amarillo” y a Chris Martin con “Yellow”. Aunque para Coldplay no sería el único color inspirador, porque también vendrían las exquisitas “Green Eyes” y “Violet Hill”.

El poeta Rafael de Campoamor, movido por William Shakespeare, acuña la recordada frase, casi epistemológica, “Todo es según el color del cristal con que se mira”. Y esa misma subjetividad es la que nos acompaña a lo largo de toda la vida, cual prisma va convirtiendo nuestra realidad en un mundo propio. Un universo vasto en el que conviven realidades y fantasías, que en ocasiones resulta acertadamente recreado por el rock.

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