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Los Coen, unos hermanos muy leídos

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Su mirada como tándem ha sido siempre irreverente y desacralizadora, con un punto irónico que suele hacerles esquivar lo solemne

Miguel Á. Delgado

Teníamos mucha curiosidad por ver qué sucedía con la fisión del equipo creativo compuesto por los hermanos Coen, y por fin la espera ha terminado, porque ya nos ha llegado  ‘Macbeth’, que representa la primera incursión en solitario de Joel, sin la hasta ahora perenne presencia de Ethan en el tándem creativo. Y lo primero que llama la atención es que sea una incursión directa y sin disimulo en una de las fuentes literarias por antonomasia, la shakesperiana, con lo que, a primera vista, el hermano mayor marca distancias con respecto a lo que era la estrategia habitual de la pareja a la hora de enfrentarse a los textos literarios.

Porque,  si partimos de la base de que cada cinta de los hermanos

era un maremágnum de referencias culturales de todo tipo, desde las filosóficas a las musicales, las cinematográficas, los dibujos animados o, incluso, las científicas (ahí está el principio de incertidumbre de Heisenberg que era uno de los ejes de ‘Un tipo serio’), tenemos que reconocer que con ellos se demostraba, una y otra vez, que detrás de casi todo siempre hay un libro.

No solo porque, en su filmografía, acometieran las adaptaciones más o menos directas (ahí están sus ‘No es país para viejos’, su personal mirada al universo descarnado de Cormac McCarthy, o ‘Valor de ley’, que saltaba sobre la cinta protagonizada en su momento por John Wayne para beber directamente de la novela de Charles Portis), sino porque las influencias literarias acechan casi en cada cinta, a veces camufladas como un huevo de Pascua para iniciados.

Uno de los casos más evidentes, y siempre citados, es cómo ‘O Brother!’ es, probablemente, la más excéntrica e inesperada versión de la ‘Odisea’ que uno podría concebir. O cómo sus cintas noir, más allá de de los clásicos en blanco y negro de la pantalla, beben de las fuentes originales de estas, las páginas escritas por autores como Jim Thompson o Dashiell Hammett.

Influencias metaliterarias

En otras ocasiones, las influencias van más allá de lo estrictamente literario y entran en lo biográfico, cuando no directamente en lo metaliterario. Es lo que ocurre, por ejemplo, en ‘Barton Fink’, que no solo se inspira en la obra de los escritores que probaron suerte en el Hollywood de la era dorada, como William Faulkner o Francis Scott Fitzgerald, sino que también encuentra material en su propia experiencia allí, como demuestra el trasunto de Faulkner que interpretaba John Mahoney. Un mundo, el de los guionistas, al que por cierto volverían en ‘¡Ave, César!’, aunque en un contexto muy diferente, el de la Guerra Fría y la caza de brujas, otro momento de tribulación para quienes aspiraban a ser creadores concienciados en la meca del cine.

Aunque, para tribulaciones, las que sufría el personaje de Michael Stuhlbarg en la ya citada ‘Un tipo serio’, donde el bíblico libro de Job ocupa un lugar tan central como inspiración como las aportaciones de Heisenberg, que eso sí que es demostrar ambición intelectual. Y aunque el caos sea también el motor de los sucesos narrados en ‘Fargo’, uno no puede evitar preguntarse si, en ciertos aspectos, esta no era ya una particular versión del universo mcarthyano (por Cormac, claro) que se adelantó a la posterior cinta que les abriría las puertas de la ceremonia de los Oscar.

Porque esas influencia no reconocidas en los créditos forman, quizá, la presencia más nutrida en la filmografía conjunta de los Coen. Como sucede con los mundos desquiciados, irónicos y donde los tontos tienen muchas veces más interés que los listos tan descritos por un Pynchon o un Vonnegut, y que vertebran obras como ‘El gran Lebowski’ o ‘Quemar después de leer’. O, por volver a otro clásico moderno, el vagabundeo de Kerouac está también latente en ‘A propósito de Llewyn Davis’. 

Antología de un género

Eso, cuando no directamente nos ofrecen toda una antología de un género en concreto. Es lo que sucede con las distintas historias de ‘La balada de Buster Scruggs’ donde, al coeniano modo, es posible rastrear la influencia de los grandes autores de las distintas fronteras del imaginario norteamericano, y que ha regalado joyas como las de Jack London, Leigh Brackett o Dorothy M. Johnson (porque, irónicamente, ese género tan identificado con la testosterona como es el de la frontera, cuenta entre sus más insignes representantes con no pocas mujeres, como demuestra la extraordinaria colección que publica en nuestro país la editorial Valdemar).

Este vasto interés por lo literario, en el caso de los Coen, nunca se confunde con reverencia, o con acercarse a esos referentes como quien lo hace a algo tallado en mármol. Su mirada como tándem ha sido siempre irreverente y desacralizadora, con un punto irónico que suele hacerles esquivar lo solemne, y les permite crear nuevo al combinar elementos preexistentes. Y sin embargo, con esa libertad a la hora de enfrentarse a los textos y hacerlos suyos, logran penetrarlos con una precisión que los convierte en páginas vivas. Cabe preguntarse si la primera obra firmada por Joel en solitario continuará por esa vía, o si la apuesta formal y la sombra del bardo pesan más que la alegría con la que abordaron a otro pilar de nuestra cultura como es Homero. Pero, sea como sea, lo que nadie podrá negar, en ningún caso, es que los hermanos Coen son unos tipos muy leídos.

Fuente.:abc.es

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