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“After life”, la filosofía y el rock

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Por Ernesto Edwards / Filósofo y periodista @FILOROCKER

Se conoció la temporada final de “After life”, serie británica de corte filosófico y pinceladas rockeras

No será el primer caso, en el Reino Unido, de alguien que sea el autor de la idea original, guionista, productor, director y protagonista de su propio programa televisivo. Un antecesor de lujo fue el gran Patrick McGoohan con la ya legendaria “The Prisoner”, en los lejanos ´60, cuando con una sola temporada construyó una serie filosófica de suspenso, inolvidable y de culto.

En este caso se trata de Ricky Gervais, ocupándose de los mismos roles en “After life”, la serie británica que con el estreno de su tercera temporada en Netflix dio por terminada la misma por exclusiva voluntad de su autor, que buscó que el final estuviera al nivel de la altísima calidad artística que el producto había exhibido en las dos anteriores, también de seis capítulos de 25 minutos cada una.

Ricky Gervais, un comediante influyente y políticamente muy incorrecto, un intelectual con sólida formación filosófica y creador de éxitos como “The Office” y “Extras”, a las que sólo les concediera nada más que dos temporadas de duración, elaboró con “After life (más allá de mi mujer)” un relato incomparable, convirtiéndolo en un objeto cultural que supo condensar con una narrativa ágil pero dotada de gran profundidad e intensidad, el soporte adecuado para divulgar filosofía, psicología, sociología y antropología con un fondo de ocurrente ironía y un crudo humor negro por momentos al borde de lo inaceptable, con temerarias alusiones a temas tabúes como el sida, Dios y el Holocausto. Será por ello que “After life” no tiene un claudicante final feliz.

La Filosofía, se sabe, no se hizo famosa desde la Grecia clásica por proporcionar respuestas. Más bien se ocupó de formular aquellos interrogantes que muchas veces trataremos de responder sobre el final de nuestras vidas, cuando toda la correntada existencial ya nos haya arrastrado y virado nuestra perspectiva. Porque, ¿cuándo sabremos, a ciencia cierta, qué es lo importante? ¿Qué valor y qué sentido tienen nuestros vínculos con los otros? Contestaciones sobran, pero en general carecen de volumen e inteligencia. Obviedades a las que Gervais le escapa.

Su núcleo argumental parece simple y hasta repetido: Un hombre de mediana edad, en sus cincuenta y pico, acaba de perder a Lisa, su amada esposa, gran compañera de andanzas y vivencias, víctima de una enfermedad incurable, y a partir de ello la vida carecerá absolutamente de sentido. Desasosiego, amargura, nihilismo, desesperanza, rencor, depresión, soledad, melancolía, oscuridad, sufrimiento, tendencia suicida. Todo eso, pero escrito y actuado sin proximidad con la exageración o el ridículo. Gervais conoce el grotesco, pero hay temas que son muy serios. Y así los aborda. Desde la ética que busca evitar la autocompasión, especialmente cuando se vincula, en el cementerio local, con Anne, una viuda de edad avanzada que también extraña horrores a su esposo muerto, pero que decidirá seguir viviendo. La segunda temporada, Tony Johnson (Gervais) se regodeó en su dolor, arruinando un romance nunca concretado con la enfermera del geriátrico de su padre, mientras sigue recordando a su esposa a través de antiguos videos, grabados especialmente para verlos cuando ya no estuviera.

La tercera, la final, comienza con “The Things We Do For Love” (Las cosas que hacemos por amor), de 10cc, y la referencia rockera se sucederá sin pausa hasta el mismísimo final. Porque no intentará ocultar su admiración por David Bowie ni evitará musicalizar con autores del calibre de Bob Dylan y Joni Mitchell y grupos como Radiohead y Death Cab for Cutie. El reinicio mostrará cómo cada uno de los personajes continúa con sus vidas, aparentemente despreocupados y felices, cuando en realidad los agobian las inseguridades y fracasos. Tony continúa en su rutinario trabajo como desapercibido cronista del semanario local, la “Gaceta de Tambury”, el imaginario pueblito que es escenario de toda la historia, mientras la introspección y un revelador monólogo interior lo llevarán a admitir que, después de haber mostrado todas sus miserias como ser humano, está en franca pelea contra una enfermedad mental claramente autodestructiva. Hasta que descubre que el sentido de su vida será ayudar a los demás y hacer el bien.

Este nuevo propósito no resuelve su tragedia y su vacío. Solamente le da impulso para continuar y así completar su plazo existencial. La última escena, que no muchos comprendieron, lo explica todo. Tony se dirige, a campo abierto, hacia la inmensidad. Sólo su amigo fotógrafo parece darse cuenta, a lo lejos, que Tony camina de la mano con Lisa, acompañado de su fiel perra. Unos segundos, y Lisa se desvanecerá. Otros segundos más, y lo mismo le sucederá a su perra. Y otros más, y será Tony quien desaparezca. Definitivamente. No, no será un final feliz. Pero sí un cierre realista, hecho con toda la belleza estética de una fotografía perfecta. Y una canción, justa para la ocasión, que es toda una reflexión filosófica.

Imposible no mencionar personajes secundarios entrañables como el cartero enamorado de una prostituta que sigue ejerciendo en el mismo pueblo, el cuñado que también sufre por la ausencia de su hermana, su amigo fotógrafo que saldrá de perdedor casándose, y todos sus extraños y ambivalentes compañeros del periódico.

Aunque siga con sus modos huraños y su humor ácido, en su epílogo llamará la atención que el protagonista destile bondad sin que intervengan, como un clásico clisé, ningún trasfondo religioso ni creencia de ningún tipo. Y esa originalidad, en estos días, también se agradece. Como asimismo que no nos engañen con que Tony se olvidó de esa mujer de la que vivió perdidamente enamorado, conoció a otra y fue feliz. Tony la llorará y recordará hasta que caigan los títulos.

“Not Dark Yet” (No está oscuro todavía), dice Bob Dylan. “Let Down” (Decepcionar), cantan los de Radiohead. “I Will Follow You To The Dark” (Te seguiré a la oscuridad), anuncian los de Death Cab for Cutie. Y los títulos de sus canciones no requieren explicación. Pero la perla del cierre será su última escena con Joni Mitchell cantando “Both Side Now” (Desde ambos lados, ahora), para contar la historia que da contexto: “Filas y flujos de cabello de ángel. Y castillos de helado en el aire. Y cañones de plumas por todas partes. Miraba las nubes de esa manera, pero ahora sólo bloquean al sol. Llueve y nieva sobre todos. Tantas cosas que hubiera hecho. Pero las nubes se interpusieron en mi camino. He mirado las nubes desde ambos lados ahora. De arriba a abajo, y todavía de alguna manera son ilusiones de nubes lo que recuerdo. …Como todo cuento de hadas se vuelve real. He mirado el amor de esa manera. Pero ahora es sólo otro espectáculo. Y los dejas riendo cuando te vas. Y si te importa, no les dejes saber. No te entregues. …Bueno, algo se pierde, pero algo se gana”. 

Quizás se trate de saber reconocerlo cuando ello sucede. Y de recordar que “After life”, con su título propone pensar acerca de qué hay, si es que algo pudiera haber, después de la vida.

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