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Las causas secretas por las que España se convirtió en inesperado refugio de judíos en la II Guerra Mundial

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Por César Cervera

A lo largo del conflicto, el régimen cambió su posición desde una colaboración pasiva con la persecución nazi, pasando por una ancha permisividad, hasta los postreros intentos del dictador de ponerse la medalla de protector de los judíos

Es imposible obtener una foto fija sobre la posición de España durante el Holocausto judío. Si en un tiempo el régimen franquista lanzaba furibundos discursos contra la «raza maldita» de los judíos y sus líderes se abrazaban con los artífices de la Solución Final, en otros una  legión de sus diplomáticos y sus militares maniobraban en las sombras y luego en la penumbra, con la permisividad de Franco, para lograr que España se convirtiera en  uno de los grandes protectores de esta minoría religiosa durante la Segunda Guerra Mundial. Al menos 35.000 judíos escaparon de la muerte a través de la frontera española, y como mínimo otros 8.000 salvaron la vida gracias a la tutela diplomática de este país. 

Estas cifras y las numerosas contradicciones en las que incurrió el régimen son el objeto de estudio del libro ‘El Holocausto y la España de Franco’ (Turner), que firma el historiador  Enrique Moradiellos

con sus compañeros de la Universidad de Extremadura Santiago López Rodríguez y César Rina Simón. «Fue inesperado que un régimen pro alemán prestara una ayuda sumamente eficaz no solamente a los judíos sefarditas, sino a muchos otros. Es algo que merece un profundo análisis», asegura Moradiellos.

A lo largo del conflicto, el régimen de Franco cambió su posición respecto a los judíos desde una colaboración pasiva con la persecución nazi, pasando por una ancha permisividad en las instrucciones de Exteriores, que dio lugar a casos excepcionales como los de Ángel Sanz Briz, embajador español en Hungría que sacó a  miles de ellos del país, hasta los postreros intentos de Franco de ponerse la medalla de protector de los judíos para congraciarse con los Aliados. 

«La política franquista estuvo determinada por motivaciones a veces contradictorias, siempre sujetas al principio de pragmatismo sobre lo que más beneficiaba al régimen en cada momento y a atender las presiones contrapuestas que llegaban desde el extranjero. Por eso osciló desde períodos de flagrante cooperación con las autoridades genocidas a otros de gran apoyo a los judíos», apunta Moradiellos, que hace pocos meses ingresó por la puerta grande en la Real Academia de Historia con un magistral discurso sobre la postura de  Winston Churchill durante la Guerra Civil española. 

La diferencia entre antijudío y antisemita

En la España de los años treinta y cuarenta existía un extendido sentimiento antijudío de naturaleza religioso. Los judíos eran, según la tradición cristiana, los que habían traicionado a Jesús de Nazaret por un puñado de monedas. No obstante, como recuerda Moradiellos, una cosa era ser antijudío y otro antisemita. Lo primero orbitaba en torno a la idea de que se les podía convertir a su religión para salvarlos de sus creencias «erróneas», mientras que para los antisemitas la única posibilidad con los judíos era el exterminio. El problema no estaba en su cerebro, sino en su sangre. «Los nazis consideraban que los judíos no eran humanos, ni siquiera animales, eran un virus que había que erradicar. “Los judíos son tifus”, decía un famoso cartel antisemita», señala Moradiellos.

En España, además, desde las incursiones militares en el norte de África durante el siglo XIX una parte importante del Ejército había entrado en contacto con elementos sefardíes (descendientes de los judíos expulsados de España en el siglo XV), a los que consideraban un gran sostén en la lucha contra los enemigos musulmanes. Los judíos sefardíes apoyaron la acción colonial española en distintas funciones y, en correspondencia, un movimiento político favorable a ellos trascendió las ideologías a principios del siglo XX.

El propio Franco, a pesar de sus menciones recurrentes al contubernio internacional judeomasónico, consideraba a los sefardíes buenos aliados de España tras su experiencia militar en Marruecos. Incluso puso en boca del personaje inspirado en él de la película ‘Raza’, de la que escribió su guion y estrenó en plena Segunda Guerra Mundial, un profundo alegato a favor de ellos:«Judíos, moros y cristianos que aquí [en Toledo] estuvieron y al contacto de España se purificaron […] Registra la historia de la Iglesia que cuando los fariseos decidieron la muerte de Jesús escribieron a las sinagogas más importantes pidiendo su asentimiento; los judíos españoles no solo lo negaron, sino que protestaron, y, muerto Jesús, enviaron los de Toledo, embajadores para que viniese Santiago a predicar el Evengelio». 

Coincidiendo con la guerra, Franco permitió la creación del Instituto de Estudios Hebraicas dentro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y un partido abiertamente hostil a los judíos, como era Falange, consideró patrona de su Sección Femenina a Santa Teresa de Jesús, que era por partida doble de sangre conversa. Como reconoció el propio embajador alemán en Madrid, en España el llamado «problema judío» no existía más allá de ciertos discursos exaltados: 

«Para la mayoría del pueblo español, y según la ideología estatal oficial, no existe un problema judío. Bien es cierto que en los últimos años y como consecuencia de la propaganda alemana se pueden registrar muchas declaraciones antijudías en la prensa y en la literatura […], pero la postura española en general ha cambiado poco».

De la pasividad a la ayuda

Ni la visión personal de Franco ni los muchos matices del antijudaísmo en España influyeron tanto para determinar la posición del país frente al Holocausto como el pragmatismo puro y duro de la política internacional. La mayoría de diplomáticos se limitó a seguir estrictamente las órdenes enviadas desde Madrid, que al estallido del conflicto mundial eran, según dictó Ramón Serrano Suñer, ministro de Exteriores y cuñado de Franco, mantener radicalmente «una actitud pasiva» ante la legislación discriminatoria que las autoridades alemanas y sus aliadas estaban dictando contra los judíos en toda Europa.«La política de Gómez-Jordana era dejar hacer, proteger en la medida de lo posible y no llegar a un enfrentamiento total con los alemanes»

En un telegrama de noviembre del año 1940 enviado por este ministro al embajador de España en Vichy, incluso se reprendía la actitud del cónsul general en París por la defensa que estaba haciendo de los judíos de origen sefardi: 

«Haga saber cónsul que dicha respuesta a autoridades alemanas no es aceptada ni es criterio de gobierno, debiendo únicamente darse por enterado de estas medidas y en último caso no poner inconvenientes a su ejecución conservando actitud pasiva». La actitud de las autoridades en este primer periodo puede ser definida como de «complicidad por pasividad y negligencia».

No obstante, la permisividad graduada y modulada de las autoridades franquistas, que dieron una enorme margen de maniobra a la actuación personal de los diplomáticos en cada uno de sus destinos, terminó evolucionando hasta convertir, sobre todo desde 1942, a España en un gigantesco e inesperado aliado de los judíos. A partir de ese año, esta minoría religiosa vio a España como una puerta de salida al horror, aunque, como dijo el sustituto de Serrano Suñer en la cartera de Exteriores, debían siempre entrar y salir del país «como la luz a través del cristal». 

«La política de Gómez-Jordana era dejar hacer, proteger en la medida de lo posible y no llegar a un enfrentamiento total con los alemanes», recuerda Moradiellos, que destaca el gran número de representantes españoles que se decidieron a tomar parte activa en la protección de los judíos. Más allá de la historia conocida del  Ángel de Budapest, no son pocos los diplomáticos que desempolvaron una ley de tiempos de Miguel Primo de Rivera para otorgar la nacionalidad española a los sefarditas y facilitar su salida de países donde estaban en peligro de muerte. Así fue el caso de los representantes españoles en Burdeos, Niza, París, Berlín, Bucarest, Sofía, Tesalónica, Atenas, etc. 

El mito de Franco como salvador de judíos 

Estos diplomáticos actuaron más allá de su deber, exponiéndose a peligros que les pudieron haber costado hasta la vida, pero nunca contraviniendo directamente las instrucciones del régimen, que se valía para mirar a otro lado de autorizaciones soterradas en los escritos del tipo «obre como mejor proceda»

«Creo que no hay posibilidad de que esta política fuera desconocida para Franco dentro de una dictadura con un carácter tan personalista y jerarquizada. Lo sabía y lo permitió de manera directa o indirecta, pero, al mismo tiempo, no se puede sostener la leyenda de Franco como salvador de judíos, pues hay una primera etapa donde las medidas de acogida no sucedieron y una segunda etapa donde, aunque se les auxilió, ocurrió a veces más por iniciativa de cónsules y embajadores particulares que por decisión o ánimo de Madrid», defiente este miembro de la Real Academia.

A finales del conflicto, Franco trató de subirse al tren de los ganadores con una política que alentó los visados para los judíos. «Él ve un contexto de oportunidad clarísimo, por lo que permitió hacer a estos diplomáticos esa labor de proteger a los judíos y, sobre todo, mantuvo una política migratoria de acogida y tránsito ventajosa para que nadie tuviera que darse la vuelta», apunta el coator de ‘El Holocausto y la España de Franco’ sobre unas medidas que impidieron, como sí ocurrió en Suiza, que miles de personas quedaran abandonadas a su suerte, en tierra de nadie, cuando se les denegaba el visado.

Los principales puntos de fuga para los judíos durante la Segunda Guerra Mundial fueron, además de España, los países también neutrales Suiza, Suecia y Turquía. Paradójicamente, Franco fue el que más acogió de todos ellos, a pesar del hecho excepcional de que su régimen estaba alineado más cerca del Eje que de las potencias aliadas. «Con sus luces y sus sombras, resulta innegable que no menos de 35.000 judíos se salvaron gracias a España. Esto destruye, por decirlo así, la idea de España como país cómplice del Holocausto consciente y miserable», concluye Moradiellos, que no duda en reconocer que se podía haber hecho mucho más, como bien reclamaron en la época varios diplomáticos. 

Fernando María Castiella, embajador de España en Perú y ante la Santa Sede y ministro de Asuntos Exteriores, dejó escrito en un informe confidencial de 1961 que «una acción más rápida y decidida hubiera salvado más» judíos.

Fuente.:abc.es

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