domingo, octubre 2, 2022
25 C
San Pedro

Depredador, pero también protector: el coronavirus replanteó la relación entre el hombre y la naturaleza.

Tenés que leer..

En una primavera típica, las aves marinas en reproducción —y los observadores humanos de aves marinas— acuden en masa a Stora Karlsö, una isla frente a la costa de Suecia.

Pero en 2020, la pandemia del COVID-19 canceló la temporada turística, lo que redujo la presencia humana en la isla en más de un 90 por ciento. Los investigadores descubrieron que, debido a la ausencia de las personas, las águilas de cola blanca se mudaron allí y su presencia se volvió mucho más abundante de lo habitual.

Ecosistemas complejos

Eso podría parecer una bonita parábola sobre cómo la naturaleza se recupera cuando las personas desaparecen del entorno, si no fuera por el hecho de que los ecosistemas son complejos.

Araos comunes en Stora Karlsö, una reserva natural frente a la costa de Suecia.
Araos comunes en Stora Karlsö, una reserva natural frente a la costa de Suecia.Por: ARON HEJDSTROM | NYT

Las nuevas y numerosas águilas volaron repetidamente por los acantilados donde una población protegida de araos comunes había puesto sus huevos, expulsando a las aves más pequeñas de sus cornisas en el proceso.

Durante la conmoción, algunos huevos cayeron de los acantilados; otros fueron arrebatados por depredadores mientras los araos no estaban. El rendimiento reproductivo de los araos cayó un 26 por ciento, descubrió Jonas Hentati-Sundbergm ecólogo marino de la Universidad Sueca de Ciencias Agrícolas.

“Volaban presas del pánico y perdieron sus huevos”, afirmó.

La pandemia, una tragedia humana mundial

Para los ecólogos, el coronavirus también ha sido una oportunidad sin precedentes para aprender más sobre cómo las personas afectan el mundo natural, al documentar lo que sucedió cuando nos alejamos de manera abrupta de él.

Una creciente bibliografía pinta un retrato complejo de la ralentización de la actividad humana que ha llegado a conocerse como “antropausa”. Algunas especies se beneficiaron claramente de nuestra ausencia, en consonancia con las primeras narrativas mediáticas de que la naturaleza, sin gente alrededor dando tumbos, finalmente estaba sanando. Sin embargo, otras especies sufrieron sin los recursos o la protección humana.

“Los seres humanos desempeñan un doble papel”, afirmó Amanda Bates, científica de conservación oceánica de la Universidad de Victoria en Canadá. Bates afirmó que actuamos como “amenazas para la vida silvestre, pero también somos guardianes de nuestro medioambiente”.

Según los científicos, la investigación tiene lecciones prácticas para la conservación e indica que incluso cambios modestos en el comportamiento humano podrían generar enormes beneficios para otras especies. Esos cambios podrían ser especialmente importantes para su consideración a medida que el mundo humano vuelve con fuerza a la vida y aumentan los viajes de verano, lo que podría generar potencialmente un “antropulso” de intensa actividad.

Un águila de cola blanca en Stora Karlsö, una reserva natural en Suecia.
Un águila de cola blanca en Stora Karlsö, una reserva natural en Suecia.Por: ARON HEJDSTROM | NYT

“Muchas personas sentirán un deseo por ponerse al día con sus viajes vacacionales o de trabajo o simplemente con la vida”, afirmó Christian Rutz, ecólogo del comportamiento de la Universidad de Saint Andrews, quien introdujo el concepto de “antropulso” en un informe reciente. (Rutz y Bates también formaron parte del equipo que acuñó “antropausa”).

“Los humanos deben viajar y disfrutar de la naturaleza y así lo harán”, agregó. “Pero creo que podemos realizar ajustes bastante sutiles en la forma en que hacemos las cosas y aun así generar un gran impacto”.

Lo “bueno” de la pandemia y la naturaleza

Cuando llegó la pandemia, muchas rutinas humanas se detuvieron repentinamente. El 5 de abril de 2020 —el punto más alto de los confinamientos pandémicos— 4400 millones de personas (el 57 por ciento del planeta), estaban bajo algún tipo de restricción de movimiento, estimaron los científicos. El uso de automóviles disminuyó en más del 40 por ciento, mientras que el tráfico aéreo se redujo en un 75 por ciento.

Estos cambios repentinos permitieron a los investigadores separar los efectos de los desplazamientos humanos de las muchas otras maneras en que moldeamos las vidas de otras especies.

“Sabemos que los humanos impactan los ecosistemas al cambiar el clima. Sabemos que tienen impactos dramáticos al cambiar el uso de la tierra, como cuando arrasan un hábitat y construyen centros comerciales”, afirmó Christopher Wilmers, ecólogo de vida silvestre de la Universidad de California en Santa Cruz. “Pero esto elimina un poco todo eso y dice: ‘OK, ¿cuáles son los impactos de los desplazamientos humanos por sí solos?’”.

Los científicos descubrieron que con los humanos encerrados en sus hogares —y los automóviles atrapados en garajes; los aviones, en hangares; los barcos, en muelles— la calidad del aire y el agua mejoró en algunos lugares. La contaminación acústica se redujo en tierra y bajo el mar. Los hábitats perturbados por los humanos comenzaron a recuperarse.

En marzo de 2020, la reserva natural de la bahía de Hanauma en Hawái, popular destino para la práctica de esnórquel, cerró y permaneció así durante casi nueve meses. “La pandemia restableció el impacto de los visitantes a cero”, afirmó Ku’ulei Rodgers, ecóloga de arrecifes de coral en el Instituto de Biología Marina de Hawái.

Sin nadadores levantando sedimentos, la claridad del agua mejoró un 56 por ciento, descubrieron Rodgers y sus colegas. La densidad de peces, la biomasa y la diversidad se incrementaron en aguas que solían estar repletas de buceadores.

De hecho, los científicos descubrieron que muchas especies se habían mudado a nuevos hábitats a medida que los encierros pandémicos modificaron lo que los ecólogos a veces denominan “el entorno del miedo”.

Un pato solitario pasea por la plaza de la Concordia, en París durante los confinamientos por coronavirus en mayo de 2020.
Un pato solitario pasea por la plaza de la Concordia, en París durante los confinamientos por coronavirus en mayo de 2020.Por: DMITRY KOSTYUKOV | NYT

“Todos los animales están, ya sabes, intentando no morir”, afirmó Kaitlyn Gaynor, ecóloga de la Universidad de Columbia Británica. Ese impulso por sobrevivir los impulsa a mantenerse alejados de posibles depredadores, incluidos los humanos. “Somos ruidosos, novedosos y nos parecemos a sus depredadores y en muchos casos somos sus depredadores”, afirmó Gaynor.

Por ejemplo, los leones de montaña que viven en las montañas de Santa Cruz de California suelen mantenerse alejados de las ciudades. Sin embargo, Wilmers y sus colegas descubrieron que, tras las órdenes locales de confinamiento en 2020, los animales comenzaron a ser más propensos a seleccionar hábitats cerca del borde urbano.

Wilmers especuló que los leones de montaña estaban respondiendo a los cambios en el espacio sonoro urbano, el cual normalmente podría estar repleto de voces humanas y el estruendo de los autos. “Pero apenas esos estímulos sonoros desaparecen, los animales piensan: ‘Bueno, valdría la pena ir a ver si hay algo para comer allí’”, afirmó.

Lo malo de la pandemia y la naturaleza

Los efectos de la ausencia humana fueron diversos y variaron según las especies, la ubicación y el tiempo.

Múltiples estudios revelaron que a medida que disminuyó el tráfico en la primavera de 2020, se redujo la cantidad de animales silvestres víctimas de atropellamiento por automóviles. Sin embargo, un equipo de investigadores reportó que la cantidad de colisiones entre vehículos y la vida silvestre comenzó a aumentar nuevamente, incluso cuando el tráfico se mantuvo por debajo de los niveles normales.

“Durante la pandemia ocurrieron más accidentes por kilómetro recorrido, lo que interpretamos como cambios en el uso espacial animal”, afirmó Joel Abraham, egresado de Ecología en la Universidad de Princeton y uno de los autores del estudio. “Los animales empezaron a utilizar las carreteras y les resultó difícil dejar de hacerlo, incluso cuando el tráfico comenzó a recuperarse”.

Los confinamientos al parecer envalentonaron a algunas especies invasoras, como en Italia, donde aumentó la actividad diurna de los conejos de Florida y su rápida expansión pudiera amenazar a las liebres nativas. También han interrumpido esfuerzos para controlar otras. Por ejemplo, la pandemia retrasó un proyecto planificado desde hace mucho tiempo para sacrificar ratones depredadores gigantes de la isla de Diego Álvarez, un hábitat crítico para las aves marinas amenazadas en el océano Atlántico Sur.

Los ratones, que probablemente llegaron con los marineros del siglo XIX, atacan y se alimentan de crías de pájaros vivos y a menudo dejan enormes heridas abiertas. “Los apodé ‘ratones vampiro’”, afirmó Stephanie Martin, oficial de política ambiental y de conservación de Tristán de Acuña, el archipiélago del que forma parte la isla de Diego Álvarez. Muchos polluelos sucumben a sus heridas.

Los científicos estaban listos para comenzar una ambiciosa iniciativa de erradicación de ratones cuando llegó la pandemia y retrasó el proyecto durante un año. En la temporada de reproducción transcurrida, con los ratones vampiro todavía desenfrenados, no sobrevivió ni un polluelo de la subespecie macgillivray de pato petrél de Salvin, un ave en peligro de extinción que se reproduce casi exclusivamente en la isla de Diego Álvarez. “Perdimos otra temporada de reproducción completa”, afirmó Martin. “Es decir, otro año más sin pichones”.

Las lecciones de la pandemia y la naturaleza

A medida que las personas retomen sus rutinas normales, los investigadores seguirán monitoreando la vida silvestre y los ecosistemas. Si un ecosistema que parecía beneficiarse de la desaparición de la humanidad sufre con el regreso masivo de las personas, eso proporcionará una evidencia más sólida de nuestro impacto.

“Es esta reversión de la intervención experimental o semiexperimental lo que científicamente permite tener conocimientos en realidad sólidos sobre cómo funcionan los procesos ambientales”, afirmó Rutz.

Comprender estos mecanismos puede ayudar a los expertos a diseñar programas y políticas que canalicen nuestra influencia de forma más cuidadosa.

“Si entonces fortalecemos nuestro papel como guardianes y luego continuamos regulando las presiones, podremos inclinar de forma real el rol de los humanos en el medioambiente hacia uno abrumadoramente positivo”, aseguró Carlos Duarte, ecólogo marino de la Universidad de Ciencia y Tecnología Rey Abdalá, en Arabia Saudita.

Cuando la reserva natural de la bahía de Hanauma reabrió en diciembre de 2020, estableció un nuevo límite estricto en la cantidad de visitantes diarios. En la actualidad, cierra dos días a la semana, uno más en comparación con antes de la pandemia, afirmó Rodgers.

Otros cambios también podrían generar dividendos, afirmaron los expertos: la construcción de cruces para la vida silvestre en las carreteras podría evitar que algunos animales mueran atropellados, mientras que exigir motores de automóviles y hélices de botes más silenciosos podría reducir la contaminación acústica en tierra y mar.

“Ya nadie puede decir que no podemos cambiar el planeta en un año, porque sí podemos”, afirmó Bates. “Lo hicimos”.

Fuente: TN Noticias.

Últimas noticias

Mauro Icardi llegó a la Argentina para tratar de reconquistar a Wanda Nara.

Ella anunció su separación definitiva. Pero él no se dio por vencido. Y, según pudo confirmar Teleshow, este sábado Mauro Icardi arribó...

Más noticias como esta