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Katmandú, Umberto Eco y el rock

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Por Ernesto Edwards / Filósofo y periodista @FILOROCKER

Con Umberto Eco recorramos la polisemia que desata decir “Katmandú” en el rock

El autor de esta nota cree conocer bastante lo que es Europa Occidental, especialmente España, Portugal, Francia, Bélgica, Países Bajos, Italia, Reino Unido, Alemania, Austria, República Checa y los países escandinavos. Parece mucho, pero en realidad nunca se aventuró más allá del límite que imponen los mares Negro y Egeo, y el sur del Mediterráneo, para de tal modo acceder a los misterios de Oriente, al origen de las civilizaciones. Es cierto que haberle dedicado numerosos viajes a la península del Peloponeso, recorriendo las ruinas de las viejas escuelas filosóficas griegas ofrece una aproximación a un universo cultural donde surgieron nuestros primeros interrogantes existenciales. Pero no conocer todavía lo que fue la vieja Alejandría –aún con sus ya ausentes Faro y Biblioteca-, ni los monumentos egipcios en Luxor -otrora Tebas, a orillas del Nilo-, ni la legendaria Cartago -y sus Guerras Púnicas-, ni la icónica Jerusalén -en los montes de Judea-, ni la mitológica Babilonia -luego destruida por los persas y donde Hammurabi redactó su Código en piedra-, ni el enclave arqueológico de la ciudad perdida de Petra, es parte de una deuda interna que nunca sabemos si podrá quedar saldada. Además, debe decirse, cada una de esas denominaciones resuenan diferente, acentuando su atractivo, y con ello el deseo. Porque es inocultable que leer, escuchar o pronunciar algunos nombres de enigmáticas ciudades nos puede provocar sensaciones diversas.

No es sorpresa que en esta Columna se hable de Umberto Eco, el Hombre que lo sabía Todo, acerca de sus invalorables aportes a la Semiótica y Literatura en particular, y a la Filosofía toda en general. Uno de sus libros más reveladores fue “Obra abierta” (1962), del que se están cumpliendo sesenta años desde su primera edición. En él, sabedor Eco de que «El lenguaje no es una organización de estímulos naturales», sino una «organización de estímulos realizada por el hombre», nos indicaba la necesidad de analizar nuestra reacción frente a determinadas oraciones, distinta según la situación, a pesar de enfrentarse con un estímulo lingüístico común, y también diferente según quién recibe la información lingüística o estética. Conociendo esto, cada autor busca organizar las palabras «con una precisa intención sugestiva», evitando una inmediata univocidad semántica, creando así «un campo de sugerencia», que puede verse ampliado al agregar palabras intencionalmente ricas en efectos auditivos, como sucede con la frase analizada por Eco: «Ese hombre viene de Bassora, pasando por Bisha y Dam, Shibam, Tarih y Hofur, Anaiza y Buraida, Medina y Khaibar, siguiendo el curso del Éufrates hasta Alepo». Con lo anterior se pretende, con sugerencias fónicas de imprecisas referencias, una reacción auditiva que nos lleve a experimentar lo que se entiende como «efecto estético», intentando que el significante también remita a sí mismo, y de esa manera, se convierte el mensaje en autorreflexivo, y de tal modo, infinitamente connotativo. Todo ello sin llegar a un punto en que la ambigüedad de un signo provoca que estas obras de arte se escapen totalmente de la previsión de su autor, por lo que a veces, este debe valerse de distintos medios contextualizadores, capaces de indicar, entre los posibles caminos, cuál elegir. Porque «si bien el arte no se define por el código de la lengua, no puede eludirlo fácilmente», ya que a veces, la imagen es acompañada por el lenguaje «discretamente en la forma de un título, referencia no siempre prescindible».

Katmandú, se sabe, es la capital de Nepal, y se encuentra edificada en un valle, al pie del imponente Himalaya. Sede de numerosos templos hinduistas y budistas, siempre ha sido motivo de incesantes peregrinaciones de incontables buscadores de iluminación espiritual que deambulaban por sus laberínticos surcos callejeros, mientras ocho ríos fluían por ella, dando marco a imágenes oníricas que, cuentan, son inolvidables. Pero en la contemporaneidad, la proximidad con la sabiduría y el éxtasis a través del ejercicio religioso no fue lo único que motivaba a sus visitantes. Katmandú fue, en los cercanos 60s y 70s una especie de Meca que atrajo a jóvenes de Occidente, hippies pacifistas que instalaron un nuevo poster mental de la ciudad, que mixturaba misticismo con experiencias psicodélicas a las que sólo se accedían consumiendo drogas duras que, además, eran de fácil acceso y costo reducido, y ofrecían la posibilidad de vínculos sexuales libres y desenfrenados, mientras desde sus bares se escuchaban las clásicas canciones de The Doors y Janis Joplin, en esa inolvidable e inspiradora (aunque destructiva) era del Flower Power.

Pero los paraísos terrenales no son para toda la vida, y menos con la situación geográfica de Katmandú, que la colocó entre la guerrilla maoísta, la revolución islámica iraní y la invasión rusa a Afganistán, cercando a finales de los setentas una ruta que daba acceso directo a los placeres extremos que en otras partes del mundo estaban restringidos. Hoy Katmandú recuperó algo del flujo turístico de antaño. Pero ya nunca será lo que era, y sólo se la evocará por lo que significó a través de numerosas canciones que la aluden. Y, ha quedado demostrado, mencionarla por su nombre dispara reacciones impredecibles y connotaciones infinitas.

En su famoso texto “Apostillas a El nombre de la rosa, Eco afirma que un narrador no debe suministrar interpretaciones de su propia obra. Y que, sin embargo, todo texto requiere de un título, que siempre da pistas y anticipa el contenido que titula. Y esta dificultad muchas veces se busca solucionar con ciertas palabras que al mismo tiempo que denotar, connotan. Quizás por ello, por su polisemia, por su exotismo, “Katmandú” resulte tan atractiva, y se hayan titulado tantas canciones.

En 1992 Fito Páez edita “Tráfico por Katmandú”, contextualizada en los tiempos en los que el Sida se estaba convirtiendo en un flagelo mundial: “Prendí la radio y escuché, escuché: 200 chicos mueren hoy sin su AZT. Dime Dios: ¿hay stop? Donde estés, dímelo. Si hablábamos de luz, del tráfico por Katmandú. No todo el mundo va a dejarse caer. No todo el mundo va a arrastrarse a tus pies. Lo que me falta no es la falta de fe. Tendrías que pensarlo seriamente esta vez. Ademán Art Decó. Muéstrame, quémalo. Si hablábamos de luz. Debajo de la Cruz del Sur… Y te digo: Que desde adentro nos podemos mover. Hacé un agujero en una inmensa pared. Después sacate poco a poco la piel. La sangre es para

siempre, nada puedes hacer…”

En 2003 Pappo, guitarrista eximio y líder de Riff y de Pappo´s Blues, grabó “Katmandú”, que describe el viaje trágico de alguien que busca suicidarse consumiendo heroína en su trayecto hacia una montaña en Katmandú. No habla de amor, habla de matarse: “…El viaje no es lo mismo si no estás tú. Voy de viaje a Katmandú. No tengo visa, no puedo entrar. No creo que este se pueda imaginar cómo yo la extraño”.


En 2007 Skay Beilinson, en su etapa post Redondos, edita “La Marca de Caín”, y en él graba “Tal Vez Mañana (Katmandú)”, sin dejar lugar para incomprensibles metáforas. Entre un sutil poema, nos cuenta de otro viaje hacia el delirio: “Yo lo he visto en los andenes, o durmiendo en un vagón. Caminando por las vías, siempre está buscando a ese tren sin frenos que lo lleve a Katmandú. Ve la luna en la ventana, y se acurruca por ahí. Va quedándose dormido, y entre los sueños siempre está buscando un tren para Katmandú”.

Los Intocables, con “Katmandú” son más que explícitos: “Veo en las calles desiertas una luz. Y las sombras sólo se mueven hacia el sol. Siento en mi cerebro ríos de Katmandú. Si la niebla hoy me enceguece con su azul. Las ensoñaciones del opio voy a amar”. Los debutantes Rampante tienen canción propia sobre el tema “Pasar a Katmandú”, y está todo dicho. Y los brasileños de Tantra hicieron la interminable y electrónica “Hills of Katmandú”. La lista podría completarse con Bob Seger y Cat Stevens / Yusuf y sus propias historias sobre Katmandú, un nombre que entre tanta polisemia sigue disparando significaciones diversas.

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