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La Iglesia y el rock

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Por Ernesto Edwards/ Filósofo y periodista @FILOROCKER

Se cumplen 25 años del momento en que la Iglesia Católica se reconcilió fugazmente con el rock

No se trata de abordar el tema del vínculo con la religión y el rock, ni de ninguna religión en particular. Tampoco de analizar eso que llaman “rock evangélico”, que de rock lo único que tiene es utilizar una apariencia musical pero cuyo contenido conceptual es el de los típicos y repetitivos himnos que se cantan en sus reuniones litúrgicas. 

Se excluye, además, lo que podría ser la aproximación del rock respecto de la idea de Dios, sea para afirmarlo o para negarlo. Que por otra parte ya lo analizamos en esta misma Columna hace varios años. Por si hiciera falta aclarar, tampoco se desarrollará la perspectiva católica de algunos rockers destacadísimos en el orden internacional. Sólo por citar los más indiscutibles y de mejor nivel creativo y de mayor calidad de elaboración de su mensaje, pensemos en los católicos irlandeses de U2Bono Vox canta, en “In God’s country”: “aunque necesitemos nuevos sueños esta noche, no podemos olvidar que estamos en la tierra de Dios”. También en “40”, del álbum «War», que se basa en el Salmo N° 40, y en la tapa de “All That you can Leave Behind” figura “J 33:3”, referido al versículo 3 del capítulo 33 de Jeremías.

También consideremos a la legendaria banda mejicana de El Tri, que con Alex Lora a la cabeza, de modo transgresor y combativo, siempre se exhibieron como devotos de la Virgen de Guadalupe y como portadores de valores familiares cristianos. Asimismo recordemos que en los períodos en los que Ricardo Soulé orientó filosóficamente a la pionera Vox Dei, elaboró una obra rockera completa que bien podría titularse Elementos de Filosofía Cristiana, en 1971, donde Soulé enunciaba su visión en el primer disco conceptual del rock nacional, “La Biblia”, iniciada con un preciso silogismo: “Cuando todo era nada, era nada el principio. Él era el principio y de la noche hizo luz”. También es cierto que en dicha ocasión debieron obtener el nihil obstat de la Iglesia en Argentina. Una no tan velada instancia de censura previa. 

Hoy lo que haremos es ver qué sucedió en septiembre de 1997 en el Congreso Eucarístico de Bologna, Italia, en tiempos en los que el Sumo Pontífice de los católicos era el polaco Juan Pablo II, posteriormente canonizado por el actual Papa argentino Jorge Bergoglio (hoy Francisco). Dicho evento religioso marcó el reencuentro de la dos veces milenaria Iglesia Católica como institución con el rock como expresión actitudinal de confrontación antisistema. Esa misma Iglesia que alguna vez fue calificada por San Agustín como “La manifestación peregrina de la Ciudad de Dios”.

Esta introducción seguramente hará pensar que antes de ese momento puntual las relaciones entre Iglesia y Rock no pasaban por su mejor momento. Y no se equivocarán. Poco tiempo después, con la desaparición de Karol Wojtilaese acercamiento se desmoronaría por imperio de las actitudes, decisiones y declaraciones de su sucesor, el alemán Joseph Ratzinger (convertido en Benedicto XVI), que no por nada hasta antes de asumir su papado su rol oficial era el de presidir la versión actualizada del medieval “Oficio de la Santa Inquisición” (como prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe), el atroz instituto eclesial que se encargaba de sospechar, perseguir, juzgar, condenar y asesinar de las maneras más crueles a todos aquellos que acusaba de desviarse de la doctrina oficial (como “herejes”) o de llevar a cabo prácticas que calificaba de non sanctas, y que muchas veces todo consistía en aprovecharse del poder terrenal del que disponían para ir eliminando enemigos.

Fue así, entonces, que internacionalmente la Iglesia como institución y el rock como cultura, se reconciliarían, con el ya citado Juan Pablo II, conservador con apariencia de innovador que terminaría escuchando complacido en el Congreso Eucarístico de Boloña, el 27 de septiembre de 1997 al polémico pero brillante pensador Bob Dylaninterpretando ante 350 mil asistentes el clásico “Knockin´ on heaven´s door”, “A Hard Rain’s A-Gonna Fall” y “Forever Young”. Bob Dylan con el tiempo sería reconocido con el Premio Nobel de Literatura, y por esos días alternaba entre el judaísmo, el budismo y el cristianismo. Tras esas interpretaciones frente al público Dylan se acercó al Papa, y sacándose el sombrero e inclinándose, en señal de respeto, inició una breve y emotiva conversación de la que al día de hoy sólo ellos supieron qué se dijeron, en clave de afecto y reconocimiento. El propio Sumo Pontífice aludiría en su mensaje en el Congreso, según la interpretación doctrinal, a la letra de “Soplando en el Viento” de Dylan, traduciendo a este viento como “la voz del espíritu”.

Pero este reencuentro no duraría demasiado. Sobrevendría luego, en 2005, el papado de Joseph Ratzinger, quien daría por tierra con ese acercamiento, al calificar al rock como modelo de perdición para los cristianos. Como una expresión pecaminosa y blasfema. Como un camino directo hacia el descenso al averno. Seguramente una exageración y un despropósito, impropio de un intelectual con probada formación académica como el religioso alemán. Benedicto insistiría con el tema cuando publicó un libro sobre JPII (“Juan Pablo II, mi amado predecesor”) en el que reiteró su resistencia, desconfianza y objeción hacia dicho encuentro cumbre, descalificando a Dylan como una especie de falso profeta e impulsor de posturas contraculturales. Aun cuando el notable filósofo del rock se encargó, a modo de guiño, de cantar frente al Papa “Forever Young”, que comenzaba diciendo “Que Dios te bendiga y te guarde siempre”.

Recordemos que el rock nació confrontando contra lo establecido, esas instituciones tradicionalistas que pretendían controlar la libre creatividad de los jóvenes más rebeldes a través de intolerables cánones moralistas. Una de esas instituciones era la Iglesia en particular, y el fenómeno religioso en general, siempre generador de culpas. Sin embargo, el rock, originado en ritmos como el góspel (todavía cantado por los negros en las iglesias estadounidenses) y el blues, tuvo a Elvis Presley vinculado al cristianismo fundamentalista sureño. A Jerry Lee Lewis formando parte de la evangélica Asamblea de Dios. Y a Eric Clapton, componiendo “Presencia del Señor”. 

Toda obra filosófica tiene entre sus grandes temas a la religión, sea para fundamentarla o contraponerla, para interpretar sus misterios o descalificar sus intuiciones, con aquellos exponentes auténticos del rock, que aluden en sus letras a la problemática religiosa, incluyendo ocasionales referencias a textos bíblicos. Por afuera de esos devaneos, el rock se mueve independiente, forjando sus propios conceptos sobre su vínculo con la religión, sea de proximidad o de pronunciadas distancias. Desde la más elaborada trascendencia, o la más llana inmanencia.

“¿Cuántos caminos debe un hombre andar para que lo tengan por hombre? ¿Cuántos mares debe surcar una blanca paloma para poder descansar en la arena? ¿Cuánto tiempo seguirán silbando las balas de cañón antes de ser proscriptas para siempre? La respuesta, mi amigo, está soplando en el viento?” Todo esto se preguntaba Bob Dylan. A su manera, Juan Pablo II desde su frágil vejez, al frente de la Iglesia Católica, supo interpretar y responder al pensador y juglar norteamericano. Pero fue un remanso que duró poco, en esa ya mítica velada en Bolonia. Justo la ciudad del brillante filósofo Umberto Eco, “el Hombre que lo Sabía Todo”.

El tiempo puso las cosas en su lugar. Juan Pablo II hoy es reconocido como Santo por toda la feligresía católica. Y Benedicto XVI decidió jubilarse anticipadamente para autodesignarse Papa Emérito, justo cuando arreciaban las acusaciones y sospechas sobre el Vaticano en cuanto a corrupción en el manejo de sus finanzas, y crecía el escándalo internacional por el conocimiento de imperdonables abusos por parte de la más alta jerarquía religiosa contra niños y niñas, algo que siempre aparecía apañado u ocultado por la Iglesia. 

En el rock, la problemática religiosa es una inquietud filosófica permanente sobre la que reflexiona, y que ha considerado, por numerosos motivos, al Cristianismo como revolucionario. Tantas veces incomprendido y perseguido. Sí, como el rock mismo. Y la Iglesia debería hacer el esfuerzo de tenerlo siempre en cuenta.

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