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“El paciente” y el descenso al infierno 

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Por Ernesto Edwards/ Filósofo y periodista @FILOROCKER

“El paciente” plantea el debate sobre el vínculo terapéutico, la ética profesional y la religiosidad

Probablemente muchos descubrimos a Steve Carell (Concord, 1962) protagonizando esa incomparable adaptación norteamericana de la comedia televisiva “The Office”, aquella creación que en su original británica fuera obra del siempre políticamente incorrecto Ricky Gervais, quien también la estelarizaba. Steve Carell componía al inefable gerente de una casa de venta de insumos de papelería de un pueblito, quien tenía que lidiar con una verdadera fauna de vendedores de la peor calaña. Su vena cómica era tal que su sola presencia en el plano era suficiente para esperar el hilarante remate cómico de los numerosos gags de la serie, que tuviera varias exitosas temporadas, y que luego del retiro de Carell, sobre el final, el programa comenzó a naufragar. Así de imprescindible era este intérprete, de quien pensábamos que difícilmente podría salir del encasillamiento de actor cómico. Y que lo de Tom Hanks y Jim Carrey fueron procesos de conversión irrepetibles. Pero llegarían títulos cinematográficos que lo sacarían de un segundo plano.

Carell, de familia de origen italiano, de religión católica y graduado universitario en Historia, fue durante su formación que se interesó por la escena teatral. Pero la fama le llegaría recién en 2005 con el protagónico de “Virgen a los 40”, y luego con rutilantes papeles en “Pequeña Miss Sunshine”, “Superagente 86”, y ya dejando el género, en “Foxcatcher”, que le valiera una nominación al Oscar, por entonces volcado a la clave dramática.


En TV “The morning show” (Apple+, 2019) lo consolidó en roles de carácter. Pero, sin dudas, su personaje en la recientemente estrenada “El paciente”, el pasado 21 de diciembre, es monumentalmente consagratorio. Y si le dedicamos tanto espacio a Carell en esta nota es porque sin su aporte artístico el resultado hubiese sido diferente. Es decir, de menor nivel y bajo atractivo televisivo. Sin embargo, los protagonistas son dos, ambos masculinos. Carell compone al terapeuta Alan Strauss y Doomhall Glesson a Sam Fortner, el paciente, que afortunadamente a nivel actoral está a tono con su compañero de rubro. Es justo decir que los demás miembros del reducido elenco cumplen con su función pero sin el brillo de estos dos.


Los años recientes nos dieron la oportunidad de ver muy buenas series con sus argumentos girando en torno a la psicoterapia. Por caso, la muy recordada “In treatment”. Pero “El paciente” supera varios límites. Y el más original tiene que ver con el desbordado y descontrolado asesino serial que es Sam, quien aspira, por lo menos de la boca para afuera, a cambiar y poder ponerle un freno a su compulsión asesina. Para ello no tendrá mejor idea que, luego de algunas citas con Strauss en su consultorio, secuestrarlo para tenerlo disponible tiempo completo. Obviamente esto no es lo que se recomienda para desarrollar un buen vínculo terapeuta – paciente. Y, claro, a pesar de los esfuerzos profesionales de Strauss, los asesinatos continuarán.


Y una cita argumental que merece destacarse. Apelando casi a un último recurso que a la par de ser terapéutico le sirva para estirar su propio período vital, Strauss mencionará y sugerirá intentar con la propuesta del gran Viktor Frankl. Quizás el predecesor intelectual a la hora de incursionar exitosamente en la temática de la resiliencia fue este austríaco contemporáneo, a quien hemos desarrollado en esta Columna a la hora de encarar el tema. Viktor Frankl (Viena, 1905 – 1997) fue un pensador, psiquiatra y neurólogo de origen judío, responsable de la creación de la Logoterapia. Con la ocupación nazi de Austria, fue tomado prisionero en diversos campos de concentración, a los que sobrevivió, luego de penosos padecimientos personales y familiares, entre 1942 y 1945. Su dolorosa experiencia de vida motivó que publicara su libro principal: “El hombre en busca de sentido”. 


De familia acomodada e influyente, ya que su padre llegó a ser ministro de Austria, de joven comenzó a incursionar en la Psicología, aunque su carrera universitaria fue la de Medicina, y tras graduarse, mientras trabajaba en el Hospital General comenzó a especializarse en Psiquiatría. Ya comenzada la Guerra dirigía el centro de Neurología de un hospital vienés único en admitir judíos. Fue así que mientras empezaba a hacerse conocido profesionalmente, sus padres y su esposa fueron deportados a un campo de Praga, donde no lograrían sobrevivir, mientras demás familiares, amigos y colegas, también serían exterminados, algo que averiguaría recién tiempo después de finalizada la conflagración. 

El dolor, el desencanto, la desesperanza y el vacío existencial fueron tiñendo sus días. Ya de regreso en Viena es designado al frente del Departamento de Neurología de Viena, donde se desempeñó a lo largo de un cuarto de siglo, mientras desarrollaba una carrera como académico universitario en las cátedras de Psiquiatría y Neurología, hasta que en 1949 se doctora en Filosofía. Tiempo después comenzaría a recorrer el mundo como profesor invitado en prestigiosas universidades de todo el mundo, hasta su retiro, con casi 90 años, luego de recibir una treintena de doctorados Honoris Causa.


La Logoterapia, que se apoya en el análisis existencial, se centra en la voluntad de sentido de cada ser humano. Es decir, en la posibilidad de dotar de un significado (un Logos) a la propia existencia, para sobreponerse a situaciones adversas. Filosóficamente se basaba en la creencia de que todo ser humano es libre de elegir su propio destino, y que el sentido de la vida es inalienable, aunque en ocasiones no lo comprendamos.

A diferencia de muchas tramas televisivas, “El paciente” no está basada en ninguna historia real, sino que fue una creación original de sus guionistas, que muestran al terapeuta como un judío liberal, intelectualmente destacado, de reciente viudez con una mujer creyente pero díscola con la religión, y que como padre no mantiene buenas relaciones con sus dos hijos grandes. La mayor está casada y con niños pequeños. El menor, Ezra, se volcó a la práctica de un judaísmo ultra ortodoxo, y ello lo alejó de los hábitos familiares. En su cautiverio, Strauss evocará el desarrollo de todas sus relaciones parentales e incluso su propio vínculo terapéutico con su profesional de control ya fallecido. También nos iremos enterando de a poco de lo que podría haber sido la psicogénesis de la patología de Sam, a partir de la abusiva violencia de su padre y la pasividad de su madre. Y de su fallida experiencia matrimonial como así también de su conflictivo trabajo.

Con la sucesión de capítulos, Strauss irá pensando en diferentes variantes y manipulaciones con la idea de poder sobrevivir y liberarse. Todo ello lo colocará en serios dilemas frente a lo que es la ética profesional, y cómo salvar la vida se convertirá en prioritario.


Una advertencia para el espectador, que no es spoiler sino pura lógica narrativa: esta historia no puede terminar bien. Baste con mencionar que los títulos finales están musicalizados con “You Want It Darker”, del magistral poeta y filósofo judío Leonard Cohen. Esa que dice, en su voz: «Si eres el dealer, estoy fuera del juego. Si eres el sanador, significa que estoy quebrado y rengo. Si tuya es la gloria, entonces mía debe ser la vergüenza. Lo quieres más oscuro. Matamos la llama. Magnificado, santificado, sea tu Santo Nombre. Vilipendiado, crucificado. En el marco humano. Un millón de velas encendidas. Por la ayuda que nunca llegó. Lo quieres mas oscuro. Hineni, hineni. Hineni, hineni (Acá estoy). Estoy listo, mi Señor… Pero está escrito en las Escrituras. Y no es un reclamo de ídolo… Están haciendo fila para los prisioneros. Y los guardias están apuntando…»

Hemos visto lo terapéutico llevado al extremo. La serie muestra que el profesional estaba preparado para casos previsibles y tipificados, y no para un asesino serial, obligándolo así a investigar sobre un paciente, sin medios, tan sólo con su mente, sus recuerdos, su imaginación y su experiencia, focalizando en alguien con el que nadie puede empatizar, poniendo una barrera infranqueable en el vínculo terapéutico.

Leonard Cohen emociona y dota de sentido el epílogo con su canción en la que direcciona su lamento hacia Dios, cuestionándole por qué las catástrofes le suceden a las personas buenas. Y cuando dice “Magnificado y santificado sea tu Santo Nombre”, convendría saber que el poeta ha traducido palabra por palabra del Kadish, ese canto litúrgico judío que es una alabanza a Dios. El final de la serie ya aconteció y alguien avisó que ya estaba preparado. Aunque el necesario perdón, tras reconocer sus culpas, no siempre llega a tiempo. Hasta aquí contamos. Porque “El paciente” merece verse.

FICHA TÉCNICA

«El paciente» (Star+, 2022)

Con Steve Carell y Doomhall Glesson

Género: thriller psicológico

10 capítulos de 28´

Calificación: muy bueno

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