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Parménides y el rock

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Por Ernesto Edwards/Filósofo y periodista @FILOROCKER

El eléata fue una figura clave de la Filosofía Antigua. Sus ideas llegaron incluso al rock

Sin dudas que de la Antigüedad Clásica de lo que conocemos como Filosofía Occidental, en el específico período denominado Presocrático -en el que la preocupación fundamental era de índole metafísica-, no hemos sabido de personajes más fascinantes que Heráclito y Parménides, a quienes el imaginario popular los convirtió en virtuales rivales conceptuales, como si dialogaran y debatieran acerca de los fundamentos de la realidad, el primero por el Cambio, el segundo, a modo de antítesis, por la Permanencia

De Heráclito ya hemos dado cuenta en esta misma Columna, en su relación con el universo del rock. Lo propio se intentará hacer en el presente artículo con Parménides de Elea. Claro está que estos primeros filósofos ni se imaginaban lo que sucedería en nuestra cultura a mediados del siglo 20, con la profunda crisis de valores generalizada que propiciaría el surgimiento de una inédita rebeldía juvenil, en tiempos en que los más viejos pretendían conservar un status quo que los beneficiaba, conservando sus privilegios, pero que no podía aguantar mucho más.

No lo imaginaban en cuanto al rock como género musical, pero sí ya comenzaban a reflexionar acerca de la música. El mito de Orfeo nos permitirá aproximarnos a esas ideas. Forjado en la mitología griega, Orfeo habría sido hijo del dios Apolo en su unión con la musa Calíope. Se cuenta que al tocar su lira las pasiones se apaciguaban, descansando los espíritus de los hombres y calmando a las bestias. De esa manera y con esa herramienta sedujo y enamoró a la hermosa Eurídice y narcotizó al tremendo perro Cerbero al momento de descender al inframundo buscando resucitarla. Ya en el siglo VI AC el mito órfico era conocido por gran parte de quienes compartían ese universo. Tal era la importancia asignada a la música.

Por aquellos días (quizás 530 AC), en una familia acomodada socialmente nacería Parménides. En Elea, una colonia griega (hoy al sur de Italia). No fue un pensador prolífico: sólo se le conoce una obra: “Sobre la naturaleza”. Un extenso poema del que sólo se conservan casi de casualidad algunos fragmentos por el hecho de haber sido citados por otros autores. Sin embargo, no parece poco a la hora de compararlo con los demás de su mismo período. 

Son por demás de difundidos esos pasajes en los que alude al ente (lo que es) como inengendrado, indestructible, verdadero, homogéneo, inmóvil y perfecto. Esta vía argumentativa ejerció enorme influencia en filósofos de la talla de Platón (que le dedicara un famoso diálogo que llevaba su nombre) y su discípulo Aristóteles. No por nada Parménides fue una especie de padre de la Metafísica occidental, elaborando además el principio lógico de identidad y el de no contradicción. Recordemos, además, que Parménides motivó el interés de reputados pensadores modernos y contemporáneos como Hegel, Martin Heidegger, Karl Popper, Kurt Gödel y Bertrand Russell.

Hace mucho ya, en los años de los primeros aprendizajes filosóficos del autor de esta nota, Raúl Echauri me explicaba que su maestro Etienne Gilson le había confiado que Parménides reconoció al ser como aquello de lo cual está hecho el ente, moviéndose más en un plano físico antes que metafísico. Y aunque esta explicación me debería haber dado más luz sobre el tema, fue el comienzo de una necesidad cognoscitiva todavía irresuelta: ¿cuánto sabían realmente estos primeros pensadores? ¿En qué medida la idea de permanencia se emparentaba con las de eternidad y de la inmortalidad del alma? ¿Qué relación había entre la afirmación parmenídea “Pues lo mismo es pensar y ser” con la doctrina cartesiana y el desarrollo hegeliano? ¿Qué llegó de este autor al Cristianismo?

Ricardo Soulé, con su magnífica versión de La Biblia, inspirada en el Evangelio según Juan, en el movimiento de los “Libros Sapienciales”, anticipaba: “Lo que siempre fue, lo mismo será. Lo que siempre hicieron, repetirán. No olvidar, lo que ves ya se ha visto ya”.

En “La Eternidad Imaginaria” Luis Alberto Spinetta  declaraba: “Así fue que el dios de la guerra desmoronándose aplastó la luz de las almas. Entonces los ángeles huyeron, adoptando la forma de inútiles hojas del tiempo. Pero alguno de ellos siempre recuerda las formas del paraíso terreno. …Y vivos y muertos serán llevados hasta las praderas mismas de la eternidad imaginaria”.

Walter Giardino, el histórico líder de Rata Blanca, en su período solista, escribía: “Suenan en la eternidad ecos de los truenos que una vez arrancaste con tus manos, sin pensar. …Pues su fuego brillará al compás de la ilusión que nos sacan de esta horrible oscuridad”.

Los chilenos de La Ley decían: “Voy acercándome al final de un camino existencial final. Poco es el tiempo, y se va. Voy a salir en libertad total. Giras y giro de vuelta al camino de vidas vividas al pasar. No necesito vestir más. No hay pecado original…”

“Parasiempre”, Héroes del Silencio, y una confesión pesimista y escéptica en clave de heavy metal: “‘Parasiempre’me parece mucho tiempo. Para siempre, no hay nada para siempre”.

Sorprenden algunos hallazgos que nos ponen en contacto con producciones discográficas que en nuestro panorama sudamericano desconocíamos, aún con expresiones en nuestro mismo idioma. En “¿Quiénes Somos? ¿De Dónde Venimos? ¿A Dónde Vamos?”, grabado en 1984, los gallegos de Siniestro Total se planteaban, en clave de punk, varios de los interrogantes más filosóficos que podamos imaginar: “¿Qué es el ser? ¿Qué es la esencia? ¿Qué es la nada? ¿Qué es la eternidad? ¿Somos alma? ¿Somos materia? ¿Somos sólo fruto del azar? ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Estamos solos en la galaxia, o acompañados? ¿Y si existe un más allá? ¿Y si hay reencarnación?” 

También los de KISS, en “Forever”, plantean un amor eterno. O por lo menos mientras la vida dure: “Es para siempre, esta vez lo sé. Y no hay duda en mi mente. Para siempre, hasta que mi vida termine”.

En cualquier caso, Bono Vox, liderando U2, parecía haber superado a Parménides apelando a Platón, para afirmar: “Una vez que nacemos, empezamos a olvidar la verdadera razón por la que vinimos”. Sí, parece eso tan socrático (y platónico) de que aprender es recordar. Porque el alma transmigra, es eterna, y cuando para regresar a este mundoatraviesa el Leteo, olvida. Hasta que alguien que decida y sepa orientarte, te ayude a recordar. Tal era la cosmovisión de los antiguos.

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