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Felicidad, Filosofía y rock

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Por Ernesto Edwards /Filósofo y periodista @FILOROCKER

Algunos intentan escribir su propio tratado sobre la felicidad

No es la primera vez, ni probablemente sea la última, que el tema nos inquiete y nos convoque.

Algunos, a cierta edad, entramos en una etapa en la que, si le hemos dedicado tiempo a la formación académica, a la reflexión propia, a analizar e interpretar las experiencias que transitamos, y a estar atentos con lo que sucede a nuestro alrededor, y cómo nos afecta, de manera tal que cerca del final del recorrido podamos ver cuál ha sido el sentido de nuestras vidas, en ese período de una madurez que ya no puede tener retrocesos -ni queda tiempo para intentarlo-, podemos echar una mirada alrededor y tratar de establecer si en algún momento de nuestra vida pudimos ser felices, aunque más no sea por un instante. 

Un pequeño agregado: no hay ningún pretendido merecimiento personal que anticipe que a tal o cual le corresponde ser feliz. Ningún mérito ni virtud la garantiza. Aún el ser más insignificante tiene la posibilidad de serlo. Y el más ejemplar, de ser plenamente infeliz.  Así son las cosas.

Claro que siempre nos quedará pendiente tratar de establecer qué entendemos cuando se habla de felicidad. Y también ver si podemos ponernos de acuerdo sobre si existe algún lugar en el mundo en el que nos aseguren que allí sí podríamos ser felices. Mucho se habla de Copenhagen, la capital de Dinamarca. Dicen que, por numerosos motivos, es la ciudad más feliz del mundo. Que sus habitantes tienen el mejor nivel de vida, el menor nivel de estrés, que el desempleo es bajísimo y la inseguridad, mínima. Hacia allí fui, no hace tanto, y aunque me agradó estar, el bienestar fue pasajero. Duró lo que duró esa visita, recorriendo la vera de Nyhavn, experimentando la alegría del Park Tívoli, más el obvio guiño fotográfico junto a La Sirenita. Llegando a Dinamarca llama rápidamente la atención cuando se comienza a caminar por sus calles la atmósfera, el clima humano, tan cerca a la calma, la placidez, la comodidad, el relax, la pausa, la apacibilidad. Los daneses lo denominan “higge”: la felicidad por la sencillez y las cosas simples, y el placer por la fluidez de la cotidianeidad y por los vínculos sociales y la intimidad hogareña. 

El poeta Félix Grande escribió, alguna vez, “Donde fuiste feliz alguna vez no debieras volver jamás: el tiempo habrá hecho sus destrozos, levantando su muro fronterizo contra el que la ilusión chocará estupefacta”. Tanta razón tenía que Joaquín Sabina, contra todo lo esperado, también proponía, en “Peces de ciudad”, que “Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Será por eso que tratamos de viajar tanto, y de conocer lugares nuevos, sin historias propias, sin pasados personales, y sin expectativas incumplibles.

Jorge Luis Borges, en “1964”, en el marco de su gran obra, escribía: “Ya no seré feliz. Tal vez no importa. Hay tantas otras cosas en el mundo; un instante cualquiera es más profundo y diverso que el mar. La vida es corta, y aunque las horas son tan largas, una oscura maravilla nos acecha. La muerte, ese otro mar, esa otra flecha, que nos libra del sol y de la luna, y del amor”.

A lo largo de la historia numerosos pensadores advirtieron que la felicidad y el dolor muchas veces son consecuencia de una persistente búsqueda. El estoico Epicteto con “abstente y soporta” direccionaba a la búsqueda del equilibrio interior, en ese anhelo de una felicidad pensada sólo posible a través de la virtud, dominando las pasiones, en una práctica contemplativa que apuntaba a la imperturbable ataraxia, renunciando al placer y soportando el dolor. Con argumentos poco efectivos para la actualidad con el tetrafármakon los epicúreos buscaban curar los cuatro miedos fundamentales de todo ser humano: a la muerte, al dolor, al destino y a los dioses. 

Aristóteles entendía que la felicidad no residía ni en las riquezas, ni en los honores ni tampoco en los placeres. Pues no eran fines en sí mismos, sino tan sólo medios. Consideraba que la felicidad residía en el prolongado ejercicio de aquella función más distintiva del ser humano: la razón, y su uso virtuoso. 

Para Baruch Spinoza la alegría es la pasión por la que el alma se perfecciona. La tristeza la conduce a una perfección inferior. Estamos atravesados por estas pasiones tristes y alegres. Las primeras como desarrollo de la potencia del amor. Las tristes retrotraen dicha potencia, vinculándose con la melancolía, la depresión y la culpa paralizante. Si alguien imagina estar alegrando a otros, lo mismo le sucederá. Y también lo contrario.

Inmanuel Kant, en “La Metafísica de las costumbres”, refiere al “enemigo interior”. Su ideal de vida moral no apuntaba a reprimir las inclinaciones humanas, sino a orientarlas. Pero no sucederá lo mismo con las pasiones, en permanente conflicto con la razón. Lo que demandará una constante vigilancia de nosotros mismos para acceder al autodominio, pero que nunca será posible de modo permanente. 

En “La camisa del hombre feliz”, León Tolstói muestra a un zar que, gravemente enfermo, le anuncian que si encontrara un hombre feliz y vistiera su camisa, podría sanar. Mucho tiempo lo buscaron sin resultados, y cuando finalmente hallaron uno, no vestía camisa alguna, por lo que el zar murió. Quizás nadie se encuentre plenamente satisfecho con su vida. Ni siquiera aquellos de quienes descontamos su felicidad. 

En “El príncipe feliz” Oscar Wilde cuenta la historia de la estatua dorada de un príncipe, en lo alto de una columna desde donde avizora la ciudad, y una golondrina que ve al príncipe llorando a causa de las injusticias en el mundo, las que desconoció en vida pues le hicieron creer que todo el mundo era feliz. Una ingenuidad peligrosa e imperdonable.

Sigmund Freud, en “Los que fracasan al triunfar”, advierte sobre quienes se sabotean al obtener un triunfo en aquello que se deseaba intensamente, quizás porque aquel que accedía exitosamente a alguna meta experimentaba una sensación de culpa, vacío y decepción, como si lo conseguido fuese un crimen edípico que deberá ser castigado, somatizando y castigándose hasta perder lo logrado. Llegando, en algunos casos, a la depresión autodestructiva. Son aquellos que ganando, pierden. Incluso la vida.

En “El mito de Sísifo”, Albert Camus analiza al mismo como la metáfora del esfuerzo vano e incesante del ser humano, planteando que el único problema filosófico serio es el suicidio, como salida (o no) ante la percepción de nuestra insalvable insignificancia. Aunque apenas un efímero destello de felicidad puede salvarnos de la autoinmolación.

“La profecía autocumplida”, según Robert Merton, es una predicción que en sí misma es causa de su concreción. Sostiene de tal modo que no se reacciona ante las situaciones como son sino cómo son percibidas, y qué significados se les da, adecuando así la conducta, y provocando consecuencias en el mundo real. Ello se emparenta con los “prejuicios cognitivos”: las conductas inconscientes que nos condicionan al analizar lo real.

En “El arte de amargarse la vida”, Paul Watzlawick describe que somos nosotros mismos los autores de nuestras propias desdichas, y conseguirlas requiere dedicación, pericia y cierto talento. Para ese fin propone: añorar nuestro pasado como aquel paraíso perdido definitivamente. Autosugestionarnos, creando situaciones negativas. Evitar lo temido para garantizar su permanencia. Ejercitar la “profecía autocumplida” buscando atraer justo aquello que se pretende evitar. Alimentar ideas negativas que crearán su propia realidad. Proponía esto sabiendo que aplicando el mismo esfuerzo se puede conseguir exactamente lo contrario.

No es posible acceder a la felicidad sin la esperanza de poder hallarla. Como sea, no existe fórmula infalible para alcanzarla. Será una trabajosa tarea que hará que mientras se realiza se bordee una placidez espiritual, aunque efímera. Por el contrario, hacerse infeliz, o sentirse así, aún sin llegar al extremo de la anhedonia, parece un camino de fácil acceso y habitual recorrido, a la mano de cualquiera que se lo proponga.

La felicidad ha sido entendida de muchas maneras. No sólo por los filósofos, sino también por rockers que nunca la tuvieron ausente. Se destacan canciones o álbumes como “Happy” (Rolling Stones), “Light my fire” (The Doors), “Happyness rock” (Image Sounds), “If It Makes You Happy” (Sheryl Crow), “Happy Together” (The Turtles), “Shiny Happy People” (R. E. M.) y “I´m Happy” (Imagine Dragons). Y en español, “Divididos por la Felicidad” (Sumo), “Hablando a tu Corazón” (Charly García), “Felicidad” (Vicentico), “Ser Feliz” (Andrés Calamaro), “Shopping Disco Zen” (Redondos) y “Animal Feliz” (Memphis la Blusera). 

Ellos también, a su manera, la siguen buscando. Pero sólo se trata de un deseo por algo de lo que no se puede tener certidumbre. Como de nada en la vida.

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