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Entre cines y una Guerra Civil

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Por Ernesto Edwards/Filósofo y periodista @FILOROCKER

Ir a ver la excelente “Civil War” desencadenó una serie de reflexiones en primera persona sobre el cine

Los recuerdos más lejanos acerca de mis primeros acercamientos al mundo del cine van por el lado de tres películas infantiles que yo vi a mediados de los 60, como “Fantasía” (1940), “Hatari” (1962) y “La noche de las narices frías” (1961), acompañado por mi madre, probablemente en el viejo cine Heraldo de Rosario, donde las funciones en continuado rotaban tres producciones generalmente de dibujos animados.

No pasaría mucho tiempo para que junto a mi viejo comenzara a frecuentar películas de acción como las que le gustaban a él, con la emblemática saga de James Bond estelarizada por entonces con el inolvidable Sean Connery, y la legendaria trilogía western spaghetti de Sergio Leone, con el incomparable Clint Eastwood en su rol de actor.

No tendría que esperar demasiado para que al borde de terminar el primario, junto a un amigo cinéfilo de la escuela, todo pasara por la iniciación de empezar a ver la filmografía de Ingmar Bergman, tratando de interpretar a un complejo filósofo sueco que nos dio el cine, justo al mismo tiempo que gracias a este compañero empecé a escuchar a un joven rebelde que protestaba y daba cátedra de Filosofía a través de sus canciones. Era Bob Dylan, quien casi medio siglo después sería reconocido con el Nobel de Literatura, pero que más que nada ya era un filósofo del rock.

Claro que para acceder a esa instancia de ávido espectador de buen cine, transité por los caminos habituales de cualquier adolescente, recorriendo salas diversas, entre las céntricas, las parroquiales y las del barrio. En las primeras, con los más recientes estrenos, que por aquellos días sucedían casi un año después que en el resto del mundo. En las de las parroquias podían verse indigeribles bodrios que contaban con el nihil obstatdel cura, quien incansablemente recorría con su linterna la sala en busca de algún pecador escondiéndose en la penumbra. Y en las salas del barrio era la ocasión de asistir a funciones que de otra manera no hubiera sido posible debido a la calificación de entonces, que las prohibía a menores de 18, con contenidos que hoy harían reír al más moralista de los censores. Los ridículos títulos eran “Cuando las mujeres tenían cola”, “Ella no bebe, no fuma, no se droga, pero…”, “Homo Eróticus Supermacho”, y cosas así.

Primero fue el VHS, luego la televisión por cable, después el DVD y el Blu-ray. Y finalmente Netflix y todas las demás plataformas de streaming los que hacían suponer que el hábito de ir al cine comenzaría a tambalear, hasta finalmente provocar su desaparición. Hubo algunas crisis, es cierto, pero las salas cinematográficas siguen en pie. Con diferentes formatos y comodidades. Con la estructura tradicional o con el lujo extremo de las salas VIP. Es que la experiencia de ir al cine no se reduce a sentarse en una sala cualquiera durante dos horas mirando un filme. Incluye muchos detalles más.

Cuando ya había aprendido lo necesario, incluida las experiencias de organizar funciones con un tío proyectorista jubilado y la de filmar mi propia película, ya conocía los mecanismos como para exponerlos a modo de crítica cinematográfica en los medios de comunicación. Ya no pagaba mis tickets y hasta podía charlar con directores, guionistas y actores. Y así, entender mucho más lo que luego explicaría periodísticamente.

Durante años siempre buscaba la función más temprana y en día de semana, cuestión de que hubiera poca gente, algo que seguramente no alegra nunca a los empresarios. También, por las dudas, pedía mi ubicación atrás de todo y al medio. Probablemente por mi bajo umbral de tolerancia a las pataditas en el respaldo de la butaca y al ruido de papeles, y a la gente masticando y conversando. Sin embargo, para la mayoría todo eso forma parte del encanto de la experiencia, que incluía al acomodador acompañando a la butaca con el programa en mano y al bombonero vendiendo sus golosinas. Y al boletero, claro, ahora casi olvidado por los boletos comprados por internet. Actualmente nada es lo mismo si no entrás con tu balde de pochoclo y tu vasote de gaseosa. Y si no te mentalizás para no mirar el reloj o el smartphone a cada rato. 

Ni hablar de que al día de hoy me resulta irritante la escasa oferta de películas exhibidas en su idioma original y con subtítulos. Me parece casi ofensivo pensar en Kurosawa y Kiarostami, y en Pacino y Mastroianni doblados al español. Viajando con frecuencia a Italia y a España, que mantienen y sostienen (quizás injustificadamente, pero con muchísimos consumidores) una industria nacional del doblaje, siempre fue complicado encontrar la película en su legítimo idioma.

Fue entre esas cavilaciones que justo encontré la versión buscada de “Civil War”, de la que sólo sabía que su director era Alex Garland, el notable realizador (también ocasionalmente novelista, guionista y productor) de “Ex – Machina” (2014) y recientemente de “Men” (2022). Y que posiblemente “Civil War” sería la última de su carrera, cansado como está de algunas polémicas ideológicas sobre su trabajo.

Acertada mezcla de road movie, distopía posapocalíptica, género bélico y dramón bien concebido de punta a punta, “Civil War” no da respiro a un pequeño grupo de reporteros y periodistas que se vincularán a lo largo de pocos días y varios kilómetros de ruta para llegar a Washington D. C. y cumplir con la misión de lo que suponen será la última nota exclusiva que podrá dar el presidente de Estados Unidos antes de su inminente derrocamiento, en lo que parece ser una revuelta destituyente tras un tercer mandato consecutivo que ha desencadenado una cruenta e impiadosa guerra civil. Impensable en la Norteamérica actual.

Una extraña alianza entre California, Texas y Florida pone en vilo a todo un país, aislado, sin alimentos, con campos de concentración y con poca simpatía hacia los periodistas. Todo será violencia. Y grandes estruendos, tableteos y fusilamientos. Y no habrá héroes, aunque sería raro no empatizar con el notable protagónico que compone Kirsten Dunst como Lee Smith: una experimentada fotógrafa, curtida por su trabajo, de gran solvencia profesional y neutralidad personal, y aparentemente inconmovible ante el horror que presencia mientras va registrando con su cámara todo lo que de muerte sucede a su alrededor. 

La película no tiene un posicionamiento político ni ideológico. En todo caso lo que expone es la brutalidad de las guerras, y que este tipo de conflictos no deberían pensarse como imposibles en ningún país de la Tierra. Los otres tres personajes principales son un periodista asociado a la reportera en busca de su gran nota, una joven fotógrafa admiradora de la ya consagrada, pero sin la menor experiencia, y un veterano cronista que será clave en la historia, mientras les proporciona elementos para que puedan reflexionar en el medio de tanta locura. 

“Civil War” se inscribe en el selecto lote de filmes que como “El año que vivimos en peligro”“Bajo Fuego” y “Los gritos del silencio” mejor expone el oficio periodístico y todas sus contradicciones y ambivalencias en el frente de batalla. Y cuál es el precio de la imparcialidad.

El final no conviene ni corresponde ser contado, de tan buena realización que es. Y de nuevo pensaremos en lo que afirmaba el pensador Gabriel Marcel acerca de cómo el poder busca deshumanizarnos, reducirnos a un número, a una categoría, cuestión tal de que no genere culpas buscar asesinarnos. Para eso se hicieron las guerras. En este caso, una guerra civil. Pero, tal como se lo cuestionaba Axl Rose en el mejor momento de los Guns, después de todo “¿Qué puede haber de civil en una guerra?”.

FICHA TÉCNICA

“Civil War” (EE. UU., 2024)

Guión y dirección: Alex Garland

Con K. Dunst, W. Moura y C. Spaeny

Género: bélico – duración: 109´

Calificación: excelente

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