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El Rock y la Nada

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Por Ernesto Edwards/Filósofo y periodista@FILOROCKER

El concepto de la nada desveló a filósofos de todos los tiempos. Lo mismo sucedió en el rock

Una de las más clásicas y básicas disciplinas filosóficas, de esas que tienen un objeto de estudio propio, es la Metafísica, que desde su mismo origen se dedicó a analizar las causas del ente, tanto como de la naturaleza y estructura de la realidad, como de aquello que lo hacía ser.

Ya desde sus comienzos la crítica apuntaba a que sus investigaciones no procedían de la experiencia. Una amplia galería de destacados pensadores se ocuparon de dejar sus desarrollos personales sobre la materia, tales como Platón, Aristóteles, Agustín, Tomás, Descartes, Hume, Kant, Hegel, Sartre y Heidegger. También el período conocido como pre-metafísico tuvo sus representantes en Heráclito y Parménides. Y Arthur Schopenhauer describió al ser humano como un animal metafísico.

Afirmaba Aristóteles que el ser se predica de muchas maneras. Siguiéndolo, el no-ser -o la Nada-, también. Recordemos que la Ontología se ocupa de determinar qué entidades existen y cuáles no.

Explicaba Parménides que el ser, es. Y que el no-ser no es. Porque nada surge de la nada, según creía, mucho antes de que el Cristianismo empezara a hablar de la “Creatio ex Nihilo”. Y así de simple y concluyente parecía todo. Hasta que nos enteramos de que el teólogo nominalista Fredegiso de Tours (siglo IX) en su epístola “De Nihilo et Tenebris” intentó demostrar que la nada es algo, con el argumento de que todo nombre designa un ente. Recordemos que el Nominalismo filosófico niega los universales, asumiendo que todo lo existente es particular.

Leibniz se interrogaba por qué hay algo en lugar de nada. Qué es lo que causa todo. Si parece más fácil que no haya nada en absoluto. Sin embargo se insiste con la existencia de multiversos. Y nunca nos pondremos de acuerdo acerca de si el comienzo de todo fue un Big-bang o un acto divino. Aunque para Wittgenstein era un enigma sin sentido al exceder los límites del lenguaje. Más extremo fue Henri Bergson, que afirmaba que la nada absoluta era una idea absurda.

Para Friedrich Nietzsche (1844 – 1900) el nihilismo, que consideraba una consecuencia de su polémica afirmación sobre “la muerte de Dios”, constituyó su abordaje sobre la decadencia de los valores e ideales, que fue provocando un vacío de la cultura occidental que llevó a que todo sea ilusorio.

Los que alguna vez pasamos por un claustro universitario estudiando Filosofía leímos a Jean-Paul Sartre (1905 – 1980) con su texto “El ser y la nada”, donde entendía que la nada viene al mundo a partir del ser humano al no tener su esencia determinada, idea que puede asociársela a la libertad, sin la cual la existencia no tendría sentido.

Martin Heidgger publicó “Qué es Metafísica”, y en dicho volumen se explayó sobre la nada, afirmando que la indagación en la nada es la consecuencia inevitable de la pregunta por el ser, que es fatalmente frágil si lleva en sí la posibilidad definida de no ser. 

Como sea, ya nos habíamos graduado en Filosofía y todavía seguíamos debatiendo acerca de si la Nada, para Hegel, era absoluta o relativa. Y fue así que algunos rockers, quizás sin proponérselo, podrían llegar a tener respuestas más simples y claras que las nuestras.

Tal vez la especulación filosófica más profunda acerca de la Nada en el universo del rock la efectuó Ricardo Soulé en los tiempos que lideraba Vox Dei, cuando en su versión de “La Biblia”, inspirada en el Evangelio de Juan, en el primer movimiento, el “Génesis”, aparece la referencia teológica a la Creación desde la Nada, sintetizada en su reconocido silogismo: “Cuando Todo era Nada, era Nada el principio. Él era el Principio y de la noche hizo luz. Y fue el Cielo, y esto que está aquí. Hubo tierra, agua, sangre, flores. Todo eso y también Tiempo”. 

La leyenda cuenta que un día, acompañando Miguel Abuelo a un amigo a firmar un contrato a una discográfica, un empresario le preguntó si él también tenía una banda, y aunque la verdad era que no, rápidamente asintió, diciendo que se llamaban Los Abuelos de la Nada, al recordar esa famosa frase de Leopoldo Marechal en su libro “El banquete de Severo Arcángelo”, que decía: “Padre de los piojos, abuelos de la nada”. Abuelo, que había vivido en Francia en tiempos del Mayo Francés, grabó en dicho país el mítico disco “Miguel Abuelo et Nada”.

Hagamos una breve recorrida de algunos de los autores del rock en español. “Pensar en Nada” (León Gieco): “Quizá en la soledad no haya dolor. De pensar, oh, dolor. De pensar, de pensar, en nada”. Claro, en Argentina eran tiempos peligrosos para pensar. Y esa nada era el vacío existencial. Como el de Soda Stereo con “Nada Personal”, para que Gustavo Cerati cante “Y no siento nada. Nada personal. Nada especial. Nada”.

“Un Montón de Nada” (Memphis la Blusera), para una confesión: “Sin vos, no soy ni seré más que un montón de nada. …Y nada es demasiado poco. Y no me alcanza para ser”. Adrián Otero casi como Camus.

“Nada que Perder” y un Robe Iniesta que tras Extremoduro se expone: “No puedo perder nada. Que vengo de la nada y sólo vivo provisionalmente. No puedo caer más bajo. Que vengo del fracaso”.

“El Genio de la Nada” (Eruca Sativa), y una Lula Bertoldi metafórica y profunda: “El genio de la nada se te mete y no te deja ver. Su cuerpo son palabras que en tu mente no paran de crecer”.

El rosarino Fito Páez y toda la poesía de “Carabelas Nada”. Y el otro Fito, Cabrales -el bilbaíno de los Fitipaldis-, reconoce sus momentos de inefabilidad y entonces no tiene “Nada que decir”.

Para un listado más completo pueden revisarse canciones como “Nada Cambió mi Amor” (Expulsados), “Nada que Perder” (Los Pericos), “Nada Para Ver” (No Te Va Gustar), “Nada es Igual” (La Portuaria), “Nada es para Siempre” (Fito Páez para Fabiana Cantilo) y “Nada Tengo” (Divididos). 

Ya sabemos que los rockers aportan la posibilidad de un modo oblicuo del pensar. De ofrecer una reflexión de la que a veces no tienen la intención, y no obstante desencadenan ideas que insinúan un camino filosófico. 

Hace dos milenios y medio la mejor y más precisa respuesta ya la dio Sócrates a su regreso del oráculo de Apolo en Delfos: “Sólo sé que no sé nada”. Era la humildad del que mostraba un camino necesario hacia la sabiduría.

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